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¡Y ahora qué!

Colombia cinco años después del estallido social

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PRÓLOGO

 

Memoria del estallido social

 

No recuerdo el estallido social como un acontecimiento espontáneo, un conflicto efímero iniciado en tal o cual fecha, un hecho aislado de la realidad y sus veleidades. No, recuerdo el estallido como lo que fue, un estruendo gestado en las entrañas mismas del establecimiento, la mano cerrada de un pueblo cansado de pedir limosna, un grito masivo y airado contra la ineptitud y la corrupción del Estado. Mucho antes de producirse el estallido la sociedad colombiana ya andaba coja. Y no por culpa exclusiva de la pandemia, como algunos quisieron hacernos creer, el COVID-19 tan sólo acentuó lo evidente, la fragilidad estructural de una nación hecha a patadas. 

    

En Armenia, como en muchas otras ciudades, el discurso de la reactivación económica jamás coincidió con la materialidad concreta del país. Desde Casa de Nariño el presidente y sus ministros pedían resiliencia, pero en las calles y barriadas la gente se quejaba de hambre y miseria. Del 21 de noviembre de 2019 al 21 de febrero de 2020, el gobierno de turno afrontó con escasa eficacia una protesta amplia, diversa y multifactorial que, con el tiempo, derivó en estallido. El descontento acumulado frente a la orientación general de sus políticas terminó por crear el clima que hizo inevitable la explosión del 28 de abril de 2021. El margen de error se había agotado. A ello se sumaron diversos factores que agudizaron la crisis: denuncias de abuso policial, el asesinato de líderes sociales y de firmantes de paz, el manejo negligente de lo pactado entre el Estado y la antigua guerrilla de las FARC – EP en los acuerdos de La Habana, y el anuncio de una reforma tributaria percibida como arbitraria y regresiva. En conjunto, estos elementos terminaron por desbordar la inconformidad ciudadana.

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Las movilizaciones en la ciudad de Armenia, en un principio, fueron masivas. En ellas vi muchas personas que mi memoria no logró ubicar en manifestaciones anteriores. Gente de todas las edades y distinta índole marchó o se plantó con el propósito de expresar sus variados inconformismos. Las calles dejaron de ser lugares de tránsito y se convirtieron en escenarios para la arenga y el reclamo a viva voz. A diferencia de lo ocurrido en ciudades como Cali, Bogotá y Medellín, aquí el estallido transcurrió en relativa calma, lo cual no significó la inexistencia de enfrentamientos entre manifestantes y fuerza pública, la intimidación violenta de parte de los órganos de represión del Estado se hizo sentir en todo momento. La protesta, lejos del ideal romántico, es una experiencia que suele dejar huella. Muy poco se habla de ello, pero lo cierto es que el estallido a todos nos dejó moretones en el alma. Cuando al fin fue controlado, cuando el humo se disipó y los medios de comunicación decidieron no cubrirlo más, nos quedó el silencio, incómodo, como todos los silencios, y una pregunta que aún permanece sin respuesta: y ahora qué. Porque cinco años después la Colombia que conocimos y contra la cual nos rebelamos pareciera ser la misma para muchos. La ineptitud y la corrupción, las víctimas del conflicto armado, el endeudamiento, los tributos y las extorsiones, el costo de los combustibles, los servicios públicos y la canasta básica, así como la desigualdad, el hambre y la miseria, se mantienen al alza. Si el país que conocimos por aquel entonces sigue siendo el mismo, usted se preguntará por qué ya casi nadie protesta. Hay quienes aseguran que las causas del estallido social de 2021 permanecen vigentes, sin solución de fondo, y por ello la movilización ha perdido fuerza. Los sectores económicos dominantes difícilmente respaldarían nuevas marchas, pues otro paro afectaría su estabilidad financiera y sus intereses. Hoy el país está más expectante que en elecciones anteriores ante la duda de conocer el nombre del próximo inquilino de Casa de Nariño.

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Una de las discusiones más recurrente durante el estallido aludía a la compleja relación entre los manifestantes y la institucionalidad. La desconfianza hacia los partidos políticos y el llamado establecimiento era evidente, la gente se sentía más segura en la calle que al interior de un recinto oficial, más cómoda dialogando entre sí que escuchando al promesero de turno. Cómo transformar ese diálogo entre iguales en políticas de cambio eficaces sin dejarse absorber por la dinámica institucional, era la pregunta que todos se hacían. En Armenia fueron varios los que intentaron promover organizaciones sociales de base, colectivos posestallido, espacios para la discusión y el debate fraterno. Algunos lograron el objetivo, otros se desviaron en las esquinas. Desde el oficialismo se informó el retorno a la normalidad, el orden ha sido recuperado, dijeron sin sonrojarse, página cerrada. Pareció, en sus palabras, como si todo lo sucedido perteneciera a un capítulo aparte en la historia económica, política, social y cultural de la nación, la distopía de otro mundo. Por fortuna la memoria colectiva, aunque a veces lo parezca, no funciona así, por separatas, quiero decir. En el imaginario popular quedaron grabados los hechos, los nombres, las heridas. Quedó una generación que ya no se cree el relato de la estabilidad. Quedó un malestar hondo, muy hondo, y la certeza de que ya vendrá una nueva oportunidad de expresarlo abiertamente y sin necesidad de tapujos. Porque la estigmatización no desapareció cuando acabó la protesta. Muchos de quienes participaron en ella siguen siendo vistos con sospecha. Casos de activistas señalados, procesos monitoreados, liderazgos juveniles deslegitimados y periodistas amenazados se cuentan por decenas. Protestar acarrea serios riesgos, lo sabemos. Y más en Colombia, un país acostumbrado a tramitar el conflicto a través de la violencia, un territorio dividido, en permanente disputa. 

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Por todo ello, valdría la pena atemperar los ánimos, remojar la leña antes de meterla al fuego, o no meterla, simplemente, con tal de evitar, a toda costa, un gran incendio. Si algo deberíamos acabar en esta hora, es con la forma tradicional de hacer política. A las puertas de una nueva elección presidencial, convendría intentarlo, una y mil veces más. Aprender a dialogar, a acordar y a cumplir lo acordado tendría que ser un propósito nacional. 

¡Y ahora qué! fue lanzado el viernes 15 de mayo con mótivo del quinquenio del llamado Estallido social, y lo puedes conseguir en Pensamiento Escrito Librería y Café en Armenia, carrera14 # 22-18, o visita www.pensamientoescrito.com y adquiérelo, envíos a todo el país. Precio $ 109.000 COP. 

Tambièn te invitamos a leer y descargar EN LA RUTA, vivencias en la escena musical de Colombia, primer fotolibro de Christian. 

Texto y fotografìas: 

Christian Acuña Hincapié 

© 2010 by revista El Rollo

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