
En Perspectiva
A veces me detengo y miro hacia atrás: la vida que ya fue. Una tarde en que los pendientes posibles se han tachado y los demás quedan en pausa. El sol aún está presente y algunas gotas de lluvia caen intermitentes. Me pregunto, como tantas veces, cómo pude hacer todo lo que hice, decir lo que dije y cómo debí actuar en una u otra situación. Me replanteo. Pienso. Sobrepienso. Detengo mis pensamientos. No sé si a ustedes les pasa. Espero que no. A veces me detengo y desde la distancia —ahora proyectada hacia adelante— veo todo lo que aún no ha pasado. Qué diré, qué pensarán quienes me escuchen, cómo responderé, qué cosas sucederán. A veces me pienso preparado; otras, me siento aún inexperto. El exceso de pasado y de futuro me mantiene en alerta, y la ansiedad circunstancial no me sirve, ahora, para nada.

Es sábado, llueve afuera; no escampa adentro. Decido ver «Sueño de trenes»: un leñador habita el mundo sin darse cuenta. Existe. Todo sucede a su alrededor: violencia, desarrollo, incertidumbre, pesadumbre, angustia, sueños, realidades, muerte. Decide hacer familia, decide trabajar, decide irse, decide regresar, decide cosas, como si fuera posible apostar por el futuro. La vida se le acaba; le ha pasado lo mismo que a cualquiera, pero aún no se cree especial, no parece sentir que lo sea. El mundo giró las veces necesarias para que ahora sea un viejo, viendo a los muchachos haciendo lo que él un día pudo. Ya no es capaz. Le toca a los demás. Nada cambió.

Ahora es domingo; el sol está escondido, pero la luz es perfecta para terminar un libro. Se llama «La nieta del señor Linh». Durante varias páginas no pasa mucho: hay un resguardo para sobrevivientes, tres familias, un par de niños, dos hombres adultos, dos mujeres que son madres y el señor Linh con su nieta. Ellos lo alimentan porque es su obligación, el viejo no acepta su presente: solo quiere proteger a su nieta. Algo les pasó a los refugiados para que ahora no estén en su país, en sus calles, en sus hogares, en sus cabales. El señor Linh lo sospecha: ya nada será como antes. No está su hijo, su esposa, su nuera. Le queda su nieta.


El lunes es festivo; no pasa mucho, tengo tiempo. Ahora leo «Suicidio» de Édouard Levé. Siento que llegué tarde a la historia. No es nada que no sepamos. Un joven decide tomarse la vida; las preguntas llueven y caen sobre cada persona que lo recuerda. El narrador no cuestiona: solo nos muestra. Le dice, en una especie de carta al ayer, que a veces no nos damos cuenta de lo que sucede alrededor, de lo que le sucede a quienes nos acompañan. Es cierto. A veces no vemos, no podemos, estamos ocupados en sobrevivir, aunque al lado muchos quisieran simplemente morir. Cuando nos damos cuenta, es tarde. Han pasado años y ahora el narrador recuerda y evalúa en qué parte de la historia del suicida todo cambió. Se veía tan normal, tan cotidiano, tan activo, trabajador, familiar, amistoso. No era distinto; era raro, sin duda, pero nada para alarmarse, nada para suponer que algún día se llegaría a esa mañana: el fin.
La vida y la muerte rodean cualquier fin de semana. Nos enseñaron a pensar en la muerte como un después y a vivir bien para que luego nos vaya mejor. Hoy el conteo de suicidas en el Quindío ya se acerca a los siete, según el conteo innecesario de los medios. Todos distintos. De cualquier parte. Con miles de razones, con todas las angustias, con decisiones simples: acabar con el dolor de existir en este presente. No basta el dinero, la compañía, la familia, las responsabilidades ni la felicidad.
Nuestros protagonistas se enfrentaron a la vida y a la muerte por igual. El leñador existió; el abuelo cuidó, el joven vivió. El leñador murió de viejo, el viejo morirá sintiéndose joven, el joven decidió irse antes de hacerse viejo. Nada es exacto. No pensamos lo mismo. No nos sucede lo mismo. No reaccionamos igual. No hay manual. Nos mintieron. La vida es una apuesta que finalmente perdemos. La muerte es un premio que muchos aún no quieren. Las instrucciones de todo esto no se han puesto de acuerdo, sin embargo, para los protagonistas el sentido fue la belleza del instante: los pasos lentos, las caricias, las risas, los sonidos, los árboles, las mañanas, los atardeceres, la compañía, las palabras, la escucha, el silencio, los demás. Por un instante lograron ver en perspectiva eso que nos pasa y damos por sentado: la vida que sucede, la muerte que aún no llega. El fin es inevitable. Otra vez es lunes: la vida sigue.
Texto
Johan Andrés Rodríguez Lugo
Director de la revista El Rollo
Magíster en Comunicación
Comunicador Social y Periodista
"No es que uno quiera, es que toca, entonces tin"
Imágenes:
Prestadas de internet como referente
