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Después de la guerra

Dice Zsymborska que después de cada guerra alguien tiene que limpiar,

recoger los escombros, los muertos: ordenar.

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Texto y foto: Natalia Barriga

"Las calles estaban llenas de ladrillos, de bloques, de edificios caídos.

El parque estaba horrible, lleno de niños y muchachitos muertos tapados con sábanas".

Octavio G.

 

"Todos nos acostábamos en la sala en colchones tirados.

Vestidos, con tenis puestos,

con las llaves en la mano, pero nadie dormía".

Gilma P.

 

"Me fui para el parque con mi hijo. La gente lloraba.

Una señora gritaba, decía que había llegado el fin del mundo".

Yesmid C.

 

"Solo pensábamos en Vancho, él estaba cumpliendo

con su deber como policía bachiller,

pero no teníamos ni idea de lo que pasaba afuera".

Gilma Lucía G.

 

"Yo estaba en el Banco cuando vi la noticia.

Nosotros nos habíamos ido de la ciudad

dos días antes de que todo pasara".

Iván B.

 

 

***

     Las guerras y los desastres naturales tienen algo en común más allá de la muerte y el caos. Los dos marcan y modifican al hombre. Crean un antes y un después - no solo por la reconstrucción estructural, económica y social que estas conllevan - sino porque instauran una delgada línea entre quien se era y quien se es.

     En ese pasador que ya no se pone. En esa comida que ya no se disfruta. En los espejos que ya no están. En los ventanales que se evitan. En lo pequeño, en lo sutil, en lo aparentemente intrascendente, es allí donde todavía vive la tragedia.

***

     Era lunes, un día corriente, la gente hacía lo de todos los días, cumplía con su rutina y con sus manías. Octavio salió esa mañana para un pueblo de Caldas a atender la solicitud de una de sus clientas. Yesmid, su esposa, se quedó en casa con su hijo. Ella y su familia vivían en el tercer piso de un edificio ubicado en la carrera veinticuatro de Calarcá. Esa mañana organizó la cocina, limpió y lavó, y para cuando estaba haciendo de comer, ya la tierra se estaba preparando para su embestida. La mujer seguía en la cocina cuando sintió un suave temblor que pasó por alto, desconociendo la potencia de su adversario, hasta ese momento, no reconocido.

     Pasaron unos segundos, ella no recuerda cuántos, pero su casa y todo lo que había en ella se comenzó a balancear de un lado a otro, como si fueran al ritmo de alguna melodía trágica, violenta. Entre las cosas que iban y venían al antojo de la naturaleza, estaba su hijo, que se encontraba en la sala sentado en una silla, llorando y gritando con el ir y venir de la tierra. Más se demoró Yesmid en reaccionar para ir por su hijo, que la nevera en recorrer de un extremo a otro y quedar atascada justo en la puerta de la cocina, dejándola atrapada y separada de su hijo de cinco años.

     Mientras ella estaba atrapada en su cocina, a unas cuatro cuadras de distancia estaba José Octavio, su suegro, acostado en la cama. Los cuadros y espejos que habían colgados se cayeron, también el televisor y las cosas de la cocina. La casa se movía y él seguía acostado, como si fuera inmutable, tan seguro de sí y de su protección que cualquier movimiento parecía innecesario y a la vista, un acto de debilidad. Ni José Octavio, ni su esposa Gilma, ni su hermana ni su sobrina, salieron del apartamento en el que se encontraban. “Nos quedamos ahí, asustadas, viendo el terremoto, viendo cómo se caían las cosas”, dice Gilma.

     Gilma Lucía, hija de José Octavio y su esposa, vivía a dos cuadras de sus padres, en un edificio ubicado al lado de la iglesia, enfrente del parque central. Ella y su familia-excepto el hijo mayor que estaba prestando servicio como bachiller de policía-, estaban en el apartamento cuando la tierra bramó. Gilma recuerda que estaban comiendo pescado. No salieron del apartamento, no buscaron salvarse a toda costa. Se hicieron bajo el quicio de una puerta, se abrazaron y esperaron a que sucediera lo que fuese, como si en ese momento hubieran entendido que ante la tragedia solo les quedaba el padecimiento, mientras el techo amenazante que aún no se derrumbaba, les recordaba lo frágiles que eran sus vidas.

     Yesmid no sabe cómo ni con qué fuerza empujó la nevera y logró salir. Su hijo todavía se mecía en la silla en la que estaba, hasta que de un tirón lo agarró del brazo y lo cargó. Cuando ya tenía al niño en sus brazos fue que sintió el agua corriéndole por los pies. La puerta no abría y la cantidad de agua que iba en aumento tampoco era de ayuda. Hasta ese momento Yesmid pensaba lo mismo que su esposo cuando escuchó la noticia: no se alcanzarían a encontrar porque para cuando el hombre llegara, ellos no iban a estar vivos.

     Octavio estaba en Palestina, Caldas, cuando una clienta muy sorprendida le preguntó que por qué estaba allí. Él no se había enterado de lo ocurrido hasta ese momento en que Nubia, su clienta, le mostró las noticias; las mismas que su cuñado Iván, estaba viendo desde un Banco en Bogotá, asombrado y asustado porque él, su esposa y sus tres hijos se habían ido de la ciudad dos días antes del suceso. Las imágenes eran las de pueblos que habían sufrido una guerra: hombres y mujeres moribundos y muertos tirados en las calles, casas destruidas, humo, escombros, gente corriendo y pidiendo auxilio.

     Como pudo Octavio llegó hasta Pereira en donde el caos también era inminente. De una forma casi milagrosa logró un tiquete hacia Armenia en un bus de Flota Occidental. Octavio recuerda que se demoraron 18 minutos en llegar, recorrieron 45 kilómetros llenos de derrumbes en menos de veinte minutos, minutos eternos y tormentosos en los que escucharon la palabra muerte más que en el resto de su vida. “Escuchábamos cifras de muertos, todo era muertos, casas caídas, y más muertos. Me preguntaba qué iba encontrar en Calarcá, qué iba a encontrar de mi familia”.

     Gilma Lucía, hermana de Octavio, salió del apartamento, al que nunca volvió después de ese lunes 25 de enero, con su esposo y sus dos hijos y se fueron en búsqueda de sus papás. En casa de sus padres, José Octavio continuaba en cama. Después de encontrarse se reunieron en el parque entre los vivos y los cadáveres que iban acumulando para su reconocimiento. En las casas y en sus ruinas, había papeles o marcas que decían mensajes como “Estamos vivos” “Cecilia ¿dónde te encuentras?” “Estamos donde la familia López” “Buscamos a María Antonia Parra”.

     Yesmid pudo salir del apartamento con su hijo, pero escaleras abajo le esperaba un caudal que corría y chocaba con sus pies. Un lado del edificio estaba caído, y los tanques de reserva se habían volcado. Cuando se encontraba afuera mirando los estragos de esos 28 segundos en movimiento, una casa de al lado se desplomó por completo, como confirmándole que lo que pasaba no era parte de un sueño.

     Minutos después llegaron al parque, Yesmid veía gente llorando por todos lados. Su hijo tenía las puntas de los dedos moradas, del miedo, había tenido todo el tiempo las manos empuñadas, sin ella haberse dado cuenta. Octavio seguía sin aparecer. No sabían nada de él.

     Ya habían pasado varias horas desde el primer impacto. Y el bus en el que iba Octavio solo pudo llegar hasta Telecom –ubicado en la carrera 19-19 de Armenia- porque bloques de edificios y casas caídas obstruían el paso. A pie, el panorama fue peor, los escombros se confundían con los cuerpos, se escuchaban sollozos, gimoteos, voces agonizantes. Octavio recorrió a pie parte de la ciudad en ruinas hasta llegar al puente de La María, en donde comienza Calarcá. Había caminado cerca de 3 o 4 kilómetros cuando un camión que pasaba, quizás uno de los pocos vehículos que transitaba de una ciudad a otra, lo recogió.

     Eran las 5:40 pm., hora del segundo impacto que fue solo cuatro grados menor en la escala de Ritcher, que el primero. Ya la familia –padres, hijos, nietos, nueros- se encontraban reunidos en el parque, amontonados, esperando a tener razón de Octavio.

     Por las calles agrietadas pasaban camiones llenos de cuerpos. La galería, la Casa de la Cultura, casas y edificios destrozados, la réplica había acabado con muchas de las estructuras que habían sobrevivido al primer movimiento. Hombres, mujeres y niños también fueron víctimas de ella. Muchas personas volvieron a sus casas por alimentos, o víveres como licuadoras, ollas y televisores; algunos de ellos regresaron al parque con vida, otros se sumaron al montón de cadáveres lapidados. “Cuando vi a mi mamá, lloré y lloré y lloré. Y cuando vi a mi esposa y a mi hijo, sentí tanta tranquilidad. Eso fue una incertidumbre horrible. Yo los creía muertos a todos”, recuerda Octavio, con nostalgia.

     La casa de José Octavio y Gilma no sufrió daños, fue allí donde todos se resguardaron después de la segunda réplica y de los acontecimientos siguientes, como los saqueos y las riñas. Acomodaron colchones en la sala para poder dormir juntos, aunque nadie dormía, a excepción de José Octavio. “El único que se ponía pijama y dormía en la cama era mi amor”, dice Gilma. Los demás se mantenían alerta, se acostaban vestidos y listos para huir en el momento que fuera necesario. No fueron los únicos.

     Muchas personas, dentro de esos Octavio, coinciden en que Calarcá cambió después de ese episodio tan traumático para la mayoría. El cambio no solo lo sufrió la estructura del municipio, sino también la gente. Yesmid recuerda que cuando llegó al parque a reunirse con su familia, había una mujer que gritaba, decía que el fin del mundo había llegado y la gente lloraba más. No era el fin del mundo, pero tal vez sí era el fin y el principio de algo. Para muchas personas la tranquilidad se fue y no retornó, y si lo hizo fue tan lentamente que no lo notaron. Algunos comenzaron una búsqueda incesante de familiares que nunca encontraron. Otros trataron de buscar la familia de los cadáveres apilados, de los cuales muchos terminaron en una fosa común, sin reconocimiento alguno. Otras personas encontraron necesario cambiar, dejar de hacer x o y cosa para sentirse seguros, menos débiles ante la naturaleza porque ella les recordó, como le ha recordado al hombre desde hace muchas décadas atrás, que no es del todo cierto que él domina al mundo. Hubo quienes dejaron de ponerle pasador a sus puertas, otros no repitieron el almuerzo de ese lunes, ningún lunes más. Sentían que debían de hacer algo, no podían dejar pasar la tragedia inadvertida. No podían solo reconstruir sus casas y ya. No podían volver como si nada a sus vidas después de haber descubierto o recordado, lo insignificantes que eran ante lo superior: para unos ante la naturaleza, para otros, ante Dios.

SOBRE EL AUTOR

Texto:

Natalia Barriga - Asistente de Edición de El Rollo

Futura Comunicadora Social Periodista Universidad del Quindío.

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