Tragarse el miedo

Conversación con Juliana Javierre 

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El día que Juan, el librero de Pensamiento Escrito, me propuso ser el moderador de la conversación con Juliana sobre su libro Plaga, sentí algo cercano al miedo, sobre todo angustia y la ansiedad general que me da cada que estoy por asistir a un evento que requiere de “gente viendo lo que uno hace”. En ese momento catorce millones de universos se hicieron tangibles y muchas preguntas llegaron a mi cabeza, sobre todo porque esa iba a ser la primera vez que conversaba con una autora sobre su obra. Durante años he asistido a varios espacios similares y he leído unos cuantos textos, pero hablar con quien escribe puntualmente sobre su texto era una experiencia que no había vivido, de entrada ya hay una responsabilidad grandísima: leerse la obra, preparar el encuentro y rogar que los asistentes lleguen.

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Tardé una semana en iniciar, volví a sentir miedo y angustia porque no iba a ser una lectura de fin de semana, con cafés, cerveza o Coca-Cola, sino una lectura que requería de otro tipo de atención, más que disfrutarla, que de hecho lo hice, debía entenderla, comprenderla y generar un escenario de apropiación para así mismo hacerme preguntas y hacerle preguntas a Juliana el día del encuentro.

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Inicié la lectura un domingo, luego de una fiesta que se improvisó con la excusa de las celebraciones aniversarias de Calarcá, esa noche hicimos lo que se hace en el municipio: pararnos en una esquina llamada “La Chapolera”, saludar a los amigos y re encontrarnos con conocidos, empezar a comprar licor, disfrutar la música, hablar de cosas, ver a la gente pasar, ver a la gente llegar, ver a la gente pelearse y luego terminar en la casa de alguno en el respectivo remate. Como era de esperarse, vomité, algo que suelo hacer cuando bebo en exceso. ¿Recuerdan esa sensación?, un estado de pesadez, desespero, en donde las piernas y manos tiemblan un poco y el estómago se trata de organizar, se siente como algo similar a un eructo sube por el esófago hasta la garganta y si no nos apuramos a ir a un baño podemos deshacernos de lo que no necesitamos en cualquier espacio.

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¿Por qué menciono el vómito? Resulta que el inicio de Plaga es así, una descripción detallada de la forma en que Emilia, la protagonista de la historia, se dispone a dejar en el inodoro todo el dolor, asco, miedo, repulsión, rabia, angustia, dudas, preguntas y la comida que había intentado ingerir con dificultad momentos antes del hecho que menciono, pero dejaré que sea Plaga quien describa la sensación que me hizo hacerme las primeras preguntas.

(…) arrodillada, sosteniéndose en el borde del sanitario, abrió la boca hasta sentir que la mandíbula producía un chasquido. Al caer en el agua, los rezagos de la cena del día anterior le salpicaron el rostro. Llevaba días sintiendo que el hambre se le hacía insoportable. Y ahora esto. Más hambre. Vomitar es un lujo que no deberían permitirse los pobres, pensó.

Cuando leí esta última frase me detuve y reflexioné sobre todas las veces en que he vomitado además de los momentos etílicos, empecé a recordar cada una de las situaciones y ninguna me llevó a algo que no fuera enfermedad, excesos, gastroenteritis o algo diferente a lo que sentía Emilia: Asco revuelto con miedo, porque luego, durante el texto, el deseo de vomitar para expulsar todo lo que lleva dentro se vuelve una necesidad constante.

Plaga es un texto corto, 137 páginas, publicada por la editorial Seix Barral, su estructura está divida en las reflexiones que hace Emilia, la protagonista, sobre el acontecer de Sopinga, pero sobre todo nos habla de su visión de lo que está sucediendo, nos cuenta parte de su historia vivencial y va dejando detalles que el lector puede entender aun cuando ella, una niña de 15 años, los puede pasar  por alto. Luego está el programa de radio del municipio local, información y publicidad que nos contextualiza en el pueblo y nos hace pensar en lo absurdas e irónicas que resultan las decisiones gubernamentales. También nos deja ver el papel fundamental que tienen los medios de comunicación tradicionales, en especial la radio, para un pueblo olvidado. Finalmente hay 3 cartas escritas a Esteban, que es también el recuerdo de quien no está o quizás la excusa para escribirle a alguien que leerá y pensará en lo desgraciada que es esta vida al permitir tantas cosas.

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Juliana nos cuenta que Sopinga es un pueblo en donde hay fuerzas oscuras que toman decisiones por todos, un Estado que no está presente más que para la toma de decisiones que no son eficientes. Un trasfondo económico, ya que a razón de fortalecer los cultivos se ha tomado decisiones ambientales cuestionables que afectan en su totalidad al pueblo de Emilia. De igual manera existe la resistencia y el cuestionamiento a lo sucedido, pero las desapariciones de quien osa pensar diferente, dice Emilia en el texto, ya son parte del paisaje.   

En el pueblo todos sabían que desaparecer era una forma bonita de decir morir.

Emilia se tragó las lágrimas. Esa noche no pensó que el otro día sería mejor. Esa noche solo pensó en qué bueno sería desaparecer también. Al fondo, se escuchaba la radio de la abuela.

El libro de Juliana tiene metáforas que nos hacen re-pensar un poco el cómo se deben narrar hechos que no tienen nombre. Mientras vamos leyendo, el panorama oscuro y trágico va aumentando en intensidad. Cada página es un trasegar por un pueblo a punto de morir a causa de las intenciones individuales, que de igual manera se juntan con la presencia de fuerzas armadas que pretenden proteger los cultivos y las producciones que se llevan a cabo en el sector. La angustia de un futuro incierto es el pan de cada día, pareciera que los vecinos de Sopinga son entes esperando la muerte, pues a pesar de las pestes a las que se encuentran expuestos, muchos tratan de seguir la vida. Nos muestra la autora, además, que los niños y sus preguntas permiten crear vínculos con personas externas a la comunidad, que como vimos anteriormente desaparecen sin más por cuestionar la cotidianidad a la que, tal vez, los habitantes del pueblo ya se encuentran acostumbrados.

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Plaga es una de las realidades que encontramos en sectores que pensamos lejanos, es también el espacio de reconocimiento del cuerpo de Emilia, pues en su inocencia, se empieza a cuestionar sobre lo que su abuela y su madre le explican que es ser mujer. Empieza a descubrir las sensaciones, las partes del cuerpo, empieza a mirarse de otra manera y cada página nos va mostrando también el horror de una violación constante a un cuerpo que es también un territorio y que es toda una comunidad que depende de las decisiones de unos pocos.

Nadie vio a la Maestra partir. Quedaron los libros, la ropa casi en su totalidad, el teléfono desconectado… nadie encontró el cuerpo. En un arranque de rabia que lo llenó de vitalidad, don Jo dijo que Sopinga no estaba preparada para alguien como ella y se encerró en su casa a esperar la muerte. Su encierro y la desaparición de la Maestra significaron el olvido del pasado. Nadie volvería a escuchar las historias que decían que en el principio era la selva. Que era en el principio la selva inmensa y silenciosa, poblada de misterio y osadía, ni escucharía hablar sobre los siglos que rodaban sobre el lomo del río al vaivén de las aguas. Sin ellos, a Sopinga solo le quedaba el presente, desflorando la pubertad del suelo.

La conversación con Juliana giró sobre el tema del miedo y las formas de expresarlo. Nos contó sobre las referencias que la llevaron a escribir Plaga y lo que buscaba generar con el texto, entre otras cosas, reivindicar la resistencia de pueblos que en el pasado fueron escenarios de respeto, tradición y cultura. Pueblos que buscaban trascender y hacer cosas, pero que lastimosamente coincidieron con la codicia y la maldad de quienes osan adueñarse y explotar los territorios con “sueños” de progreso y dinero. Las metáforas en el texto, dice la autora, son como los gritos que emite cada tanto Emilia en donde se busca es resonar el dolor y la realidad de todo lo que ha sido, pero que muchos con su indiferencia pasan por alto.

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La invitación entonces es a leer Plaga, la segunda novela de la autora pereirana en donde se pretenden visibilizar la violencia, el desarraigo y la vivencia de un pueblo acosado por la certeza de la muerte. Acostumbrado a recoger cadáveres en el río y que intenta adaptarse a cada plaga que le den porque no han tenido otra forma de vivir.

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Encontramos un discurso muy fuerte sobre romper la continuidad de esas tradiciones que permiten el dolor y la sumisión, y nos enfrentamos a escenarios cotidianos de humanidad deshecha a causa del silencio, el dolor, la muerte y el olvido. Tragarse el miedo no es la solución en Plaga, pues al hacerlo se empezaron a generar escenarios que finalmente permitieron la trascendencia del mal y la indiferencia de quienes observan desde lejos. El horror debe ser un acontecer que nos permita entender lo sucedido en tantas comunidades que como Sopinga han sido forzadas a cambiar sus formas de vida y que procuraron olvidar el pasado al que fueron expuestos, la perdida de familiares, amigos y del mismo territorio.

Mamá Carmela apagó la radio y la ubicó lejos de la Abuela. Mientras les sucediera a otros, el malo no debía quitarles el sueño. Emilia la vio entrar a la cocina y regresar al instante con una escoba y un recogedor.

- Viejita - le dijo mientras recogía los cuerpos secos de los sapos que la Abuela había logrado aplastar con el movimiento de la silla -, de tanto escuchar estas cosas es que usted esta así.

Texto:

Johan Andrés Rodríguez Lugo

Director 

Comunicador Social Periodista Universidad del Quindío​

Tomar café, comer mucha pasta, la música, los libros, caminar las calles

 “No es que una quiera es que toca, entonces tin”

Fotos:

Christian David Acuña

Director de Fotografía

Comunicador Social Periodista Universidad del Quindío.
Músico, fotógrafo y voleibolista rodillón.
"Lo mío es la percusión”

Producción El Rollazo

Jorge Alberto Mendoza

Editor General

Comunicador Social - Periodista 

Universidad del Quindío.
"No se mucho de nada pero me gusta aprender, ramonero de corazón y enfermo por las imágenes".