Cafetos que no germinan

Esta crónica pertenece al fotolibro “Transformaciones del habitar rural en el paisaje cafetero del Quindío: una lectura visual desde la finca” ganador de la Convocatoria de Estímulos 2025 de la Secretaría de Cultura del Quindío, en la categoría de Patrimonio Cultural.
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El café no se mide solo en arrobas ni en millones de pesos. Se mide en cuerpos que se inclinan, en generaciones que dudan si quedarse o irse. Génova, en 2024, sostuvo con sus manos esa balanza: un 30% de su café, más de un millón de kilos, entró a la cooperativa y movió cerca de 15 mil millones de pesos. El otro 70%, más de tres millones de kilos, circuló por fuera, superando los 45 mil millones de pesos. Cifras que hablan de abundancia en un territorio donde, cada año, hay menos brazos y más cultivos de aguacate que disputan la montaña. La abundancia, entonces, se vuelve frágil, como si pudiera quebrarse de un momento a otro.

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Sandra Quiroga, de 50 años, y su esposo César Román, de 60, son padres de tres hijos: Julio, de 33 años; Diego, de 23; y Cristián, de 19. Viven en la finca Ventiaderos, ubicada en la vereda El Cairo de Génova. Para llegar, hay que subir en jeep durante 30 minutos por una trocha empinada que parece no acabar. El nombre hace honor a su ubicación: a los 1.800 msnm, el viento resuena y se desliza con fuerza en lo alto de la montaña, desde allí se asoman las laderas cafeteras y pineras del Valle del Cauca, especialmente del municipio de Sevilla. El lugar transmite una sensación de frontera, de estar en el último filo del Quindío, donde la vista se pierde en paisajes que parecen no repetirse.
La casa, de bahareque, fachada blanca y naranja y piso de madera roja, respira un ambiente familiar. Detrás y frente a ella, el café se extiende en laderas empinadas, acompañado de algunas matas de plátano y custodiado por cuatro perros flacos. Son 2,5 hectáreas, bien sembradas, con la última recolección de La Traviesa aún visible. Desde allí, se alcanza a ver Cumbarco, corregimiento de Sevilla. Al llegar, la hospitalidad fue inmediata: un almuerzo generoso de sancocho, pollo frito y ensalada, servido con la calidez de quienes reciben como si se conociera de toda la vida.
Antes de ser dueños de Ventiaderos, Sandra y César pasaron varias décadas administrando fincas en Génova. Era un trabajo exigente: tratar con dueños y trabajadores, resolver problemas de comida y producción, y en ocasiones enfrentar tensiones que los obligaban a salir de una finca. Uno de los momentos más decisivos llegó cuando aceptaron manejar El Pensil sin sueldo, viviendo solo de lo que produjera. Allí los sorprendió la bonanza cafetera de 1997, cuando el precio pasó de 80 mil a más de 500 mil pesos la carga. Justo antes de la cosecha, un verdadero dueño apareció con papeles en mano, pero les permitió recogerla. Lo que esperaban vender por cinco millones terminó siendo más de 20.
Con ese dinero, dejaron el campo y compraron dos Willys para trabajar en Génova. Al principio funcionó, pero las reparaciones, deudas y un ritmo de vida que les resultaba ajeno pronto los golpearon. Sandra extrañaba la libertad de la finca y sentía que su hijo menor vivía “enjaulado”. La situación llegó a ser tan apretada que, mientras se decía en el pueblo que tenían plata, había días en los que no sabía qué poner en la olla.
El 4 de diciembre de 1997, el frente 50 de las FARC se tomó Génova. Los disparos y explosiones en la calle donde vivía Sandra la dejaron con una tensión constante. La situación económica tampoco ayudaba: los Willys ya no eran rentables y la vida en el pueblo le resultaba asfixiante. Un conocido les habló de un dueño de finca dispuesto a cambiar tierra por carro, una propuesta tan extraña como tentadora. Viajaron a ver el lote en Ventiaderos: la tierra era fértil, pero no había casa. “Así viva debajo de una piedra, pero es que estamos con lo de nosotros”, respondió Sandra, decidida a salir de Génova.
El trato se cerró entregando uno de los willys. El otro quedó en manos del hermano de César para sostener a su propia familia, por lo que no representaba ingresos para ellos. Llegaron al Cairo con lo esencial: un terreno cubierto de maleza y la tarea de levantar una vivienda desde cero. Esta vez no administraban para otros, la finca era suya, y aunque el inicio fue rústico, lo que cultivaran y construyeran quedaría en sus manos.
Con apoyo del Fondo Rotatorio, Sandra y César mejoraron la vivienda y sembraron café Caturro, productivo pero débil ante plagas. El inicio fue prometedor, hasta que llegó la roya. En pocos meses, los cafetales quedaron pelados; las hojas, cubiertas de un polvo marrón, caían oxidadas. César regresaba del campo con la camisa impregnada de ese polvillo, “como si hubiera raspado ladrillo”, decía Sandra. La imagen de los lotes convertidos en rejos secos, tras años de trabajo, les dejaba un sabor amargo y deudas crecientes.
Los técnicos del Comité les insistían en cambiar a la variedad Castillo, resistente a la roya, pero el miedo a perder la inversión los frenaba. El giro llegó en un salón de clases: Sandra, que validaba el bachillerato, llegó molesta porque su exposición fue reemplazada por un video llamado ¿Quién se ha llevado mi queso? Al final, entendió el mensaje: hay que adaptarse o quedarse atrás. Ese día decidieron cambiar todo el cultivo a Castillo. La apuesta funcionó; desde entonces, han logrado sostenerse en la caficultura sin repetir la pesadilla de la Roya.
Julio, el mayor de los tres hijos, dejó El Cairo con la idea de que la ciudad ofrecía más que el campo. Se matriculó en la Licenciatura en Educación Física en la Universidad del Quindío, pero no alcanzó a terminarla. El ruido de los buses, los trancones y los gastos fijos de la vida urbana —arriendo, transporte, comida— lo golpearon con fuerza. Intentó otra carrera como Asesor Financiero, sin éxito, y cada vez sentía más el llamado de su tierra. Desde los lotes donde hoy cultiva café, veía cómo Julio miraba desde la montaña hacia la ciudad, pensando en el camino que lo había sacado de allí.
En Armenia, sobrevivió con trabajos varios: en un periódico, cobrando suscripciones atrasadas, y como peluquero. Sandra recuerda sus quejas: “me ganaba un mínimo, con eso, arroz con huevo casi todos los días... para pagar arriendo, buses y la comida que llevaba al trabajo”. Pasó casi cinco años así, hasta que regresó a ventiaderos con lo justo: un bolso y algo de ropa. Desde entonces, ha recuperado su vida entre cafetales, lejos del asfalto y el ruido.
Sin proponérselo como estrategia de “relevo generacional”, César encontró una manera de mantener a Sandra, Julio, Diego y Cristián en el campo: repartirles un lote a cada uno para que lo trabajaran y obtuvieran ingresos propios. “El relevo no es tenerlos ahí, es hacerlos partícipes, que tengan entrada de dinero”, dice con firmeza. La decisión, nacida para ayudar a Julio tras su difícil paso por la ciudad, terminó por darles a sus tres hijos y a su esposa una base económica y un motivo para quedarse. En El Cairo, esa dinámica confirma que la caficultura sigue siendo, sobre todo, una empresa familiar.
Julio, con la tranquilidad de ver llenos sus sacos de café, me dijo “quiero quedarme en el campo” y que por la buena cosecha de este año, ya podía estar tranquilo el resto del 2025. Diego, el hijo del medio, también lo tiene claro: ama la caficultura y el trabajo rural, incluso toma contratos de guadaña en otras fincas. Sandra lo resume con orgullo:
“Los muchachos quieren seguir en el campo, nosotros les hemos inculcado ese amor por el campo y en especial por la caficultura”.
Desde lo alto de Génova, el paisaje revela un cambio silencioso: el verde del café cede paso, poco a poco, al aguacate. César lo mira con preocupación y recuerda las más de 200 cuadras de tierra abandonada en El Cairo. Su propuesta es clara: que gobierno, federación, alcaldías y comités unan esfuerzos para comprar esas fincas y entregarlas a los hijos de cafeteros, sin sacarlos de su territorio. “No es mandarlos para la Patagonia —dice—, es que se queden aquí mismo, cultivando y cuidando estas montañas”.
El avance del aguacate, respaldado por grandes capitales, trae empleo y dinamiza la economía local, pero también altera el paisaje y amenaza las fuentes de agua por el uso de químicos. Al caficultor, cada vez más acorralado, le cuesta competir por tierras y rentabilidad. No todos logran relevos generacionales como Sandra y César. De ahí la urgencia de políticas que motiven a los jóvenes a quedarse en el campo, demostrando que con el café también se puede vivir bien. Porque si no se actúa, el verde de las laderas podría cambiar para siempre.

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Un estudio de la Federación Nacional de Cafeteros advierte que, hacia 2050, los hogares cafeteros podrían reducirse de más de 1,4 millones de personas a apenas 1,24 millones. Ya en los últimos 25 años la población cafetera cayó un 10% y los productores que quedan tienen en promedio 57 años, con apenas tres hijos por hogar. Son cifras que revelan un relevo en pausa: los jóvenes migran, las familias se encogen, y la tradición envejece en manos de padres y madres — el 30% de ellas mujeres— que se preguntan si habrá quien continúe. Más que un asunto económico, los investigadores lo ven como un reto cultural y social: ¿qué pasará con el café si se rompe la cadena de transmisión entre generaciones?

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—¿Teme que en algún momento las empresas aguacateras ofrezcan dinero por su tierra? Le pregunto a Claudia Parra.
—A mí sí me da temor de eso, por aquí los tenemos muy cerquita, aquí arriba hay aguacate, hay aguacateros —me responde, alzando el brazo derecho y señalando un punto alto de la montaña.
A menos de quinientos metros de su casa, el verde opaco de los cafetales cede paso a hileras ordenadas y brillantes de aguacate. En esa dirección, la brisa no trae olor a flor de café sino un silencio más pesado, como si el futuro ya estuviera allí esperando.
Claudia tiene 58 años, es una mujer bajita, no creo que supere el metro sesenta y cinco. Cuando llegué a su finca, llevaba un sombrero color café claro y una camisa manga larga roja. Me recibió con café producido por sus propias manos. Mientras lo servía, la luz de la mañana entraba por la ventana y dibujaba el vapor como una columna temblorosa. En ese momento le pregunto cómo ve el café en unos años. Su gesto se entristece, pero sus palabras no se entregan del todo a la derrota.
—El café ha cambiado tanto, y yo pienso que no ha sido tanto como el café, sino que hemos sido nosotros, los que hemos dejado abandonar la producción —dice. Hace una pausa, sorbe un poco y añade—: pero el café nunca va a dejar de existir, así hayan pocas personas trabajándole a ese tema.
Entre la amenaza creciente del aguacate y la fe persistente en el grano, Claudia habita una frontera: la del miedo a perder lo propio y la del deseo de que lo que la hizo quedarse aquí no desaparezca del todo.
Topacia Alta es una vereda que queda antes de llegar al sector de La Oreja cuando uno sube desde Barragán rumbo a Génova. A diferencia de otros destinos del municipio, no hace falta llegar hasta el casco urbano: el camino se corta antes, pero no por eso esquiva las cuestas que parecen querer tocar las nubes. Allí nació y creció Claudia. A los 22 años, Claudia ya no vivía allí. Se había casado con Jairo Gutiérrez tras un noviazgo tan breve que no sabe si duró cuatro, cinco o seis meses. Se instalaron en Caicedonia, donde nacieron sus hijos: Santiago, que estudió derecho pero nunca ejerció, y Luisa María, que en el momento de nuestra conversación terminaba su año rural como médica en Montenegro. Desde entonces, su vida fue una serie de mudanzas que la llevaron por Pereira, Armenia, Salento, Cali y hasta São Paulo, Brasil, donde trabajó como ama de llaves.
Pero el motivo de esos viajes fue por un hecho que lo cambió todo: a los 36 años quedó viuda. A Jairo lo asesinaron los paramilitares, en medio de una extorsión contra su padre. Claudia, sola y con dos hijos pequeños, se las arregló como pudo: vendiendo productos por catálogo, haciendo postres, trabajando en almacenes, en cooperativas, limpiando casas en el extranjero. “De todo, hice de todo”, me diría después, con esa mezcla de orgullo y cansancio que sólo tienen quienes saben que sobrevivir también es una forma de trabajar.
El padre de Claudia, Reinaldo Parra, tuvo dos hijos hombres y una mujer, que es ella. No recuerda con certeza de dónde era su padre, aunque cree que nació en Calarcá. Lo que sí sabe es que, siendo muy joven, su abuelo decidió mudarse con la familia a la zona de Topacia Alta. Cuando Reinaldo cumplió 18 años, su padre, con unos ahorros, le ayudó a comprar la tierra donde hoy converso con Claudia. La primera casa estaba más abajo: una construcción larga de bahareque que aún se mantiene en pie, pero que el tiempo y la falta de habitantes han ido desmantelando lentamente.
Reinaldo dedicó su vida al campo. Llegó a administrar varias fincas de la zona, incluida la de una tía, y tuvo propiedades en Caicedonia. Como Claudia, también quedó viudo; la madre de Sandra, Nelly Laverde, falleció cuando apenas habían pasado tres meses desde la muerte de su esposo, Jairo Gutiérrez. Fueron golpes duros, uno tras otro, que obligaron a Claudia a vivir una serie de partidas y regresos. Con el paso del tiempo, Reinaldo empezó a quedarse solo. A veces convivía con agregadas o señoras, pero nada era permanente. La soledad le trajo los inevitables achaques de la edad: artrosis, problemas de movilidad y una cirugía de rodillas que nunca quiso aceptar.
A pesar de la distancia, Claudia procuraba estar pendiente de él, sobre todo de su salud. En las navidades siempre buscaban reunirse. Tras el terremoto de 1999, el FOREC le dio un subsidio para construir la casa actual, aunque solo alcanzó para la base. Una cuñada que vivía en Europa le ofreció pagarle una casa en Génova, pero Reinaldo, fiel a su cafetal, se negó. Entonces decidió enviar el dinero para terminar la vivienda en Topacia Alta y así evitar que él tuviera que subir desde la parte baja, donde la antigua casa quedaba expuesta al viento y la lluvia.
Los años pasaron. Claudia continuó su andar por distintas ciudades hasta que en 2011 su padre fue diagnosticado con cáncer de próstata. La enfermedad se agravó en 2017 y, en 2019, ella decidió poner fin a sus trasegares y volver a Topacia Alta para cuidarlo. “El carro llegaba hasta el corredor a recogerlo, pero sí nos tocó muy duro. La carretera siempre fue destapada y muy fea”, recuerda. Reinaldo murió en 2022, a los 92 años, en su finca. El legado quedó en manos de sus tres hijos. Quién diría que, tras recorrer planicies, selvas y ciudades, Claudia terminaría heredando el mismo lugar que vio nacer su historia.
Cuando le pregunto a Claudia qué futuro le ve a la caficultura, su primera respuesta se siente como un golpe seco: “Es complicado, porque, como le digo, ya la producción no es igual a ahora años, entonces se han ido deteriorando los cultivos”. Pero no deja que la nostalgia la arrastre del todo. Hace una pausa breve, se acomoda el sombrero y contraataca con un matiz de orgullo: “Pero hemos aprendido una cosa, a sacarle un valor agregado al café, no a venderlo mojado, hemos aprendido que consumimos nuestro propio café y le damos a la familia, le vendemos a la familia, a los más conocidos; y no es tan rentable como era ahora años, pero hemos aprendido a manejar ese valor agregado, y entonces es más beneficioso”.
Ese optimismo, sin embargo, tiene grietas. Claudia admite que desde 2021 no han visto una cosecha en su finca. “Hace mucho tiempo que no vemos cosecha”, dice, y esa frase parece quedarse flotando entre el café que se enfría en la mesa y el silencio de la cocina. Ahí pienso en la fragilidad económica de un caficultor, en lo poco que hay para maniobrar cuando la tierra deja de producir. Entonces le pregunto si en esos momentos no le tienta la idea de vender si un aguacatero llega con una buena oferta. Ella suspira antes de contestar: “Uno siente temor por esta gente, porque uno no sabe en qué momento se ve uno tan acorralado, tan apretado, que tenga que vender la finca. Es un temor más como por una situación económica y salir del paso, porque por arraigo yo pienso que uno se queda aquí y la lucha hasta el final”.
Le consulto si cree que sus hijos seguirán con el terreno cuando ella falte. La respuesta no deja espacio para ilusiones. “Lo veo complejo”, dice, y se refiere a que sus hijos ya hicieron vida en la ciudad, lejos del campo. Habla especialmente de Santiago, quien parece ser el más cercano a la caficultura: “Le ha interesado mucho lo del café, y ha aprendido mucho con el SENA, entiende un poquito de barismo, de catación... se ha interesado mucho. Pero que le dé por venir acá, no. Llevaba como veinte y pico de años sin venir, no conocía esta casa. Y en junio pasado vino, encantado, quedó muy contento, pero no, no creo que continúe con esto acá”.
Su última respuesta, sobre qué harán sus herederos con la finca, tiene el filo de una certeza asumida hace tiempo: “Ya venderán ellos, los hijos, los nietos, ya venderán ellos, pienso yo”. Ahí queda la frase, como si fuera el acta anticipada de un futuro que ella preferiría no firmar, pero que sabe inevitable. El café, que ha sido su raíz, su trabajo y su orgullo, se tambalea frente al vértigo de una herencia sin manos que la quieran trabajar. Y, sin embargo, ella sigue ahí, resistiendo, quizá más por costumbre que por esperanza, aferrada a una tierra que siente suya hasta el último surco.

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A finales de 2024, la CEPAL advirtió que en 2030 siete de cada diez jóvenes latinoamericanos estarán lejos del campo, trabajando en empresas y servicios, no en la agricultura ni en la construcción. La tendencia ya se siente: en las zonas rurales, la mitad de los jóvenes trabaja de manera informal, una cifra que supera en 20% a la de las ciudades. En Colombia, el panorama es aún más contundente. Según la Encuesta Nacional Agropecuaria del DANE de 2019, de los más de 1,4 millones de productores del país, apenas el 3% tienen entre 13 y 28 años. En números concretos: sólo 44.782 jóvenes producen en el campo colombiano. El relevo generacional, más que una promesa, parece un eco lejano que se diluye entre estadísticas.

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Jhon Alarcón, es un caficultor de 46 años, vive en la vereda La Coqueta con su esposa Martha Tobón y es padre de dos hijos, Deisy y Dereck. El camino para llegar, loma arriba, estaba ese día cubierto de un polvo blanco que se levantaba con el viento: la tierra reseca por el calor y los cafetales junto a la carretera estaban vestidos de ese mismo tono apagado. Jhon creció cerca de allí, en una familia donde su padre Genaro le enseñó, desde niño, a trabajar la tierra junto a su hermano. Recuerda con claridad el año de su graduación, 4 de diciembre 1997, cuando las FARC se tomó Génova el mismo día en que recibía su diploma.
Mientras Sandra Quiroga recordaba ese suceso por las ceremonias de grado interrumpidas, Jhon lo vivía desde la incertidumbre de un joven que cerraba una etapa y veía su pueblo en tensión.
Apenas un mes después, el 28 de enero de 1998, se presentó en el Batallón Cisneros de Armenia, entonces ubicado en el sector de El Bosque, para cumplir con su servicio militar.
Jhon terminó su servicio militar el 24 de diciembre de 1998, apenas un mes antes del terremoto que sacudió Armenia. Su intención era continuar en la carrera militar e incluso intentó ingresar al extinto Departamento Administrativo de Seguridad, pero el proceso no prosperó. “Eso era muy de rosca, uno ya no entraba tan fácil”, recuerda, con cierta resignación. Regresó entonces a Génova para ayudar a su padre en la finca: sembrar café, tumbar palos, recoger cosecha, limpiar maleza. Alternaba estas labores con trabajos en discotecas y tabernas como mesero, y en ese ir y venir conoció a Martha, quien pronto sería su esposa y madre de su primera hija, Deisy, cuando él tenía 22 años.
Con una familia iniciada, Jhon buscó estabilidad y presentó hojas de vida en empresas de vigilancia. Los primeros trabajos lo llevaron a mudarse a Armenia, donde, aunque ganaba apenas por encima del mínimo, aprendió a encontrar mejores oportunidades. Entre ellas, un puesto en la reconstrucción de la Gobernación del Quindío, controlando el ingreso y salida de materiales y personal. “No sentía el tiempo, pero era pesado”, dice. Allí permaneció dos años, hasta que el contrato llegó a su fin.
Después de cinco años de jornadas agotadoras en vigilancia, Jhon decidió dejar la ciudad y volver a la finca familiar en Génova. El problema era que esas tres hectáreas solo daban trabajo durante cosecha; el resto del año había que rebuscarse en otras fincas cafeteras. Soñaba con su propia tierra, pero los bancos le cerraban la puerta por no tener historial crediticio. Su padre, viendo su empeño, le cedió un lote donde sembró mil árboles de café: su primer territorio propio, aunque solo podía atenderlo los fines de semana.
En 2007, un proyecto piloto de la Federación Nacional de Cafeteros y el BID buscó traer de vuelta al campo a los hijos de caficultores, facilitando acceso a tierra y crédito. Jhon fue uno de los 28 seleccionados entre más de 500 aspirantes. Al principio, todo era colectivo: 160 hectáreas para limpiar y sembrar, capacitaciones constantes y un sueldo fijo. Pero la finca no avanzaba, la deuda crecía y el sueldo adormecía la voluntad de algunos. La Federación suspendió el salario y muchos abandonaron. Jhon propuso lotear la finca y sortear parcelas. La suerte le dio una con 10.000 árboles de café con 15 meses de sembrado. Trabajó mientras el precio del café subía y bajaba, hasta que llegó el momento temido: pagar por la tierra. La cifra fue casi simbólica: 16 millones por una finca de 4 hectáreas ya montada. “Fue un regalo”, dice. Ese pedazo de tierra, ganado a punta de incertidumbre y terquedad, selló su regreso definitivo al café.
El proyecto piloto de la Federación le dio a Jhon algo más que una parcela: lo puso frente a reuniones, conciliaciones y cuadrillas enteras que debía coordinar. Había que sembrar, fumigar, recoger, contratar más manos cuando los beneficiarios no daban abasto. En esa finca inmensa, terminó conociendo cada rincón y cada necesidad. Entre listas de tareas y decisiones rápidas, fue aprendiendo a moverse en un terreno más difícil que la tierra: el de las personas y sus acuerdos.
Cuando la finca dejó de ser colectiva, concentró su energía en trabajar su parcela. En las elecciones cafeteras insistía en que los dejaran votar, y cuando por fin tuvo su cédula cafetera, alguien le lanzó el reto: postularse. Aceptó. Llegó a las votaciones con una lista cerrada que obtuvo un apoyo inesperado. Al mismo tiempo, presidía la Junta de Acción Comunal, logrando mejoras viales que abrían caminos tanto para la gente como para el café.
Gestionaba placas huellas, fertilizantes, presupuestos, herramientas. Tocaba puertas, discutía con el Comité, negociaba con entidades públicas. Un día lo animaron a lanzarse al concejo; lo intentó y no entró. Pero para entonces ya sabía que su alcance no dependía de un título ni de un escritorio, sino de estar en todas partes, resolviendo lo que se podía solucionar.
Los dolores en la espalda acompañaban a Jhon desde hacía años. El trabajo en el campo, ese que exige fuerza constante y movimientos bruscos, le había dejado un dolor lumbar que calmaba con medicamentos conocidos. Pero en diciembre de 2024, todo cambió. Dos caídas fuertes en la finca —la segunda, golpeado contra un colino de café— encendieron una alerta distinta. Las radiografías no mostraban fracturas, y sin embargo el dolor crecía hasta impedirle dormir. En la clínica de Armenia lo estabilizaron, pero apenas unos días después, el dolor regresó con una violencia que lo dejó inmóvil, sacándolo en camilla de la casa de su hija.
Lo que siguió fue un desconcierto médico. Pruebas y más pruebas, todas sin una respuesta definitiva. Hasta que un examen de sangre reveló la presencia de Staphylococcus, una bacteria capaz de volverse letal si alcanza el torrente sanguíneo. Un mes entero permaneció hospitalizado, conectado a antibióticos, pasando en la clínica la Navidad y el Año Nuevo. Afuera, Martha sostenía la finca y cuidaba a Dereck, que apenas rondaba los dos años. Ella asumía tareas de alimentar a los trabajadores, revisar el cultivo, abrir y cerrar la finca. ¿Cuántas veces un hogar cambia de centro sin que nadie lo note?
A pesar del tratamiento, el dolor seguía clavado en la espalda baja. Urología decidió intervenir para extraerle unos cálculos que podrían estar contribuyendo, y por unos días el alivio fue real. Regresó a la finca en enero de 2025, pero dos semanas después volvió a urgencias. Esta vez, un absceso junto a la columna —otra huella de la bacteria— lo dejó contra la cama. Una mañana, sintió cómo un líquido caliente corría por su espalda: el absceso había estallado. “Máteme, doctor, porque yo no aguanto este dolor”, llegó a decir. No era una metáfora; era la desesperación pura de un cuerpo que se había rebelado contra sí mismo.
Durante una semana, el dolor lo hizo prisionero de su propia camilla. Vestirse, bañarse, moverse: todo dependía de otros. Y para un hombre que había vivido en constante movimiento, la quietud podía ser más cruel que la enfermedad. El día de su cumpleaños le dieron el alta con tratamiento ambulatorio y sesiones de terapia para aliviar el dolor. “De una, adiós dolor”, recuerda de las pulsaciones en la columna. Pero el alivio era un espejismo: la bacteria seguía allí, consumiendo en silencio dos vértebras, la L2 y la L3. El enemigo no era el dolor, era lo que lo provocaba.
La cirugía llegó como una urgencia. Extraer las vértebras destruidas, poner injertos, tornillos, corsé. Estabilizar, como si el cuerpo fuera un andamio que amenaza con venirse abajo. La operación fue un éxito técnico, pero la recuperación abrió un terreno desconocido: el de vivir sin el movimiento que lo había definido. Fue en ese silencio donde apareció otro dolor, más hondo: la ausencia de Neythan, su hijo de un año fallecido en 2020. El trabajo había sido hasta entonces una armadura contra ese recuerdo; ahora, sin poder moverse, ya no había dónde escapar.
Hoy Jhon camina sin caminador, pero cada paso es lento, medido, vigilado. A veces aprieta los dientes para girar o acomodarse. No sabe si la bacteria se ha ido del todo; un examen reciente en Ibagué busca respuestas. Cuando le pregunto si podría asociar su enfermedad con algo que le pasa al café, dice que sería la roya, porque la roya solo deja el chamisero: un palo sin ramas, sin hojas, sin granos, apenas el tronco pelado que hay que arrancar de la tierra. Afuera, la finca sigue su curso. Adentro, su cuerpo guarda una vulnerabilidad nueva. Y la pregunta queda flotando:
¿qué pasa cuando el relevo se enfrenta, de golpe, a su propia fragilidad?
Jhon habla del café como quien defiende una herencia viva. Conoce el grano, sus precios y las tensiones de los mercados internacionales. Me explica lo que pasa en Brasil, en esas planicies donde la recolección es con máquinas y el clima empieza a expulsar los palos de café hacia la ladera, obligando a los productores a un trabajo manual que en Colombia es casi instinto. “Ahí es cuando el país debería aprovechar”, dice, como si viera la jugada antes de que el rival mueva ficha. Pero enseguida vuelve a su preocupación central: si las nuevas generaciones no se enamoran del café, ¿quién lo va a defender dentro de diez años?
Para él, el problema no es solo el precio del grano, sino la escasez de manos. En el campo, un buen recolector puede ganar entre cuatro y cinco millones libres en un mes de cosecha, con comida y cama incluidas, algo que en Armenia suena a leyenda urbana. Sin embargo, los jóvenes prefieren la ciudad, aunque allá la vida sea cara, inestable y ruidosa. Jhon lo sabe por experiencia: llegó alguna vez creyendo que el salario urbano sería su salvación y el alivio de su padre, pero se estrelló de frente. Por eso insiste en dar valor agregado a su propio café. Su marca, Estrategia, le recuerda que no basta con sembrar: hay que pensar, planear, arriesgar. En junio de 2025, ocupó el segundo puesto en el concurso de pergamino seco en Génova. Para él, no es una medalla, es una señal.
Deisy tiene 24 años, dejó Génova para estudiar Administración de Empresas en Armenia, donde se graduó en 2023. Hoy trabaja como contratista del ICA, recorriendo fincas, revisando el estado de los animales y controlando ciclos de vacunación. Aunque le gustaría desempeñarse en algo más cercano a su formación, sabe que por ahora debe lidiar con la inestabilidad de los contratos por prestación de servicios, esos vacíos de uno o dos meses que interrumpen la rutina y generan incertidumbre.
Cuando su padre estuvo enfermo, la conversación familiar giró alrededor de escenarios impensados: vender la finca, dejar a alguien encargado o trasladar a sus padres a la ciudad. También, respetar la voluntad de Jhon si su estado se agravaba. La idea de desprenderse de la finca le dolía: había sido el motor que financió sus estudios, el refugio para escapar del ruido urbano y el lugar donde todavía descansaba la memoria de su infancia.
Aunque hoy no se ve administrando la finca, Deisy imagina un futuro en el que, con más experiencia, pueda asumir ese reto. De momento, su apuesta es apoyar la marca Estrategia y fortalecer el proyecto junto a su padre. Jhon, por su parte, sueña con que sus hijos vean en la tierra algo más que un recuerdo: una oportunidad que vale la pena defender.
Jhon mira hacia adelante con la misma fe con la que cuida cada surco de café. Su sueño es que sus hijos no solo reciban una finca, sino una empresa capaz de multiplicarse en oportunidades. “Yo no les voy a dejar una finca, les voy a dejar es una empresa”, dice, convencido de que la materia prima que tiene en sus manos puede convertirse en dos, tres negocios más. Hoy esas proyecciones las posa sobre Deisy; Dereck, con apenas tres años, todavía está lejos de esa conversación.
Jhon anima a su hija a proyectarse, a pensar en grande, a no conformarse con administrar lo que ya existe. Quiere que sus hijos comprendan que el café es más que una cosecha: es una cadena de posibilidades, un patrimonio que, bien gestionado, puede trascender generaciones.
A veces pienso en cómo será para él transmitir esos saberes ahora que su cuerpo no le permite adentrarse en el cafetal con la agilidad de antes. Jhon aprendió de su padre caminando juntos la ladera, tocando la tierra, reconociendo el grano. Imagino el día en que Dereck sea grande y su papá quizás deba enseñarle desde la sala de su casa. Y me duele un poco, porque sé que a Jhon también le dolerá.
Pero no se deja vencer por la nostalgia. “Me sueño con eso —dice—, con que mi hija venga a hacer lo que yo hice: dejar de trabajar para otros y trabajar para sí mismo. No es imposible, no es ilógico, no es estar loco.” Sus anhelos se aferran al futuro con la misma fuerza con la que el cafetal se agarra a la tierra empinada de Génova.

7
En el Quindío, el relevo generacional en la caficultura se sostiene sobre una línea frágil, tensada entre el arraigo y la incertidumbre. Las historias muestran que heredar la tierra no garantiza continuarla: pesa la falta de rentabilidad, las tentaciones de venta y el éxodo de los hijos hacia la ciudad. Aun así, algunos logran, casi sin proponérselo, mantener viva la tradición, mientras otros confían en que sus herederos retornen algún día. El futuro del café en estas montañas dependerá de esas decisiones íntimas, silenciosas y personales, donde se juega no solo la economía familiar, sino la memoria de un territorio entero.
Texto y fotografìas:
Santiago Castro Castillo
