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Recuerdos

que aún tiemblan

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Foto: prestada de la web y editada con IA

Para el Quindío, el mes de enero es extraño. La resaca de diciembre se transforma rápidamente en luto. La primera semana todavía huele a natilla, buñuelo tieso, recalentado de pavo, puré de papa, costillas, arroz con verduras, ron, «amarillo», whisky y pólvora. Las familias aún se reúnen, los amigos aún se encuentran, los pendientes aún esperan. Nos preparamos conscientemente para el cambio de año y pretendemos que piloteamos el desdén de volver a la rutina. Pero se hace más difícil —tal vez debería hacerse con los años más fácil— cuando pasa la tercera semana del mes y el enigmático 25 de enero se escucha como el rugido que fue en 1999.

Las conversaciones regresan al recuerdo: a dónde estábamos en ese momento, a si te tocó vivirlo o a cuántos años tenías cuando pasó; si perdiste a alguien o si sientes nostalgia por algo. Los encuentros no hablan de expectativas de año; hablan, nuevamente, de lo que el resto de año no se permite. A veces se empiezan a escuchar anécdotas que se pierden y se recuperan, que se recuerdan y se olvidan, que las palabras transforman año tras año y que cada vez se hacen más lejanas, más difusas, hasta que, quizá, se pierdan.

Los noventeros parece que recordamos mejor que los ochenteros o setenteros. Al menos hemos encontrado las palabras para nombrar ese momento: nuestra segunda catástrofe luego de nacer. A algunos nos tocó el terremoto siendo muy niños; a otros, ya adolescentes; a otros, un poco mayores. Y a quienes deberían arropar con el recuerdo, a veces, se les pretende imponer olvidar.

He concluido, de manera odiosa, que los mayores que no recuerdan lo hacen como mecanismo de defensa; y, claro, para mí, que en su momento tenía cinco años, la situación era muy extraña. No tenía conciencia del costo de recuperar los hogares, no entendía el dolor de la pérdida material y personal. No sabía lo difícil que es reconstruir sociedad, y me empecino, a veces, en querer saberlo todo sobre ese momento: por qué no había planes de contingencia, por qué las ayudas se perdieron en la burocracia, por qué la recuperación reforzó la corrupción que aún nos carcome, por qué las muertes quedaron en el olvido, por qué nadie quiere hablar de eso. Entonces, siempre me pongo punzante durante la fecha y trato de buscar historias, recuerdos, momentos, anécdotas.

El recuerdo de estos días para muchos es lejano. Aunque sea tan significativo para otros, no pasa de ser una anécdota. La memoria de la catástrofe debería reunirnos en el reconocimiento de que pudimos seguir adelante, de que pudimos volver a ser el departamento cultural y cafetero de Colombia. Nos recuperamos de algunas maneras: de las posibles, de las necesarias, de las mínimas. Comparar este evento natural con las guerras europeas, con los desastres del norte, con lo que todavía sucede, debería permitirnos la empatía con nosotros mismos. Encontrarnos conscientes de que el territorio y su trascendencia son posibles gracias a nuestro trabajo conjunto; pero me encuentro en un círculo quizá demasiado romántico y pretencioso, al creer que el solo hecho de recordar provoque, aunque sea, un pequeño cambio.

Escribí una crónica hace un tiempo que sigue siendo de mis textos favoritos. en ella me encontré entrevistando, por primera vez, a mis hermanas y reconociendo un patrón cultural muy claro en nuestra sociedad. De repente, la gente dejó de comer fríjoles los lunes porque, de manera coincidente, muchos comieron —o iban a comer— frijoles ese lunes del ayer.

Luego hicimos un especial en la revista El Rollo, en el que aporté un capítulo de un perfil a mi maestro de cuentería, Piripi, quien fue el artista de los escombros, una historia que apareció en el periódico El Tiempo y fue narrada como la resiliencia de un territorio que, tras la catástrofe, pintó en sus paredes frases que dieron fuerza. Con este especial pudimos abrir la conversación y generar muchas anécdotas similares, de amigos que querían contar la historia, que se dieron cuenta que aún dolía y que comprobaron que sus padres habían olvidado el evento, salvo —claro— los 25 de enero, que todavía retumban como los edificios y casas que se destruyeron.

Hace un año, desde la Oficina de Comunicaciones de la Alcaldía de Calarcá, se propuso la producción de un documental. Al inicio, se proyectó como un conjunto de contenidos que iban a ser publicados durante la semana previa; pero, gracias al equipo que tenemos, se transformó en un documento histórico con el que generamos una conversación más abierta, más juiciosa y preguntas puntales a actores cívicos y políticos que, en su momento, tuvieron la batuta de la reconstrucción y el renacer calarqueño.

Todavía me angustia que existan pocos documentos similares sobre algo que realmente nos marcó y que es causante de muchos de nuestros atrasos sociales, aunque otros, desde su mirada romántica, se nieguen a aceptarlo.

Este año, desde la Subsecretaría de Cultura de Calarcá, queremos abrir la conversación sobre el después de la catástrofe; por eso nombramos estos eventos como “La semana de la memoria y la catástrofe como transformadora cultural”. Queremos ver más allá de los escombros, del dolor y de la ausencia, y encontrarnos en la vida que siguió, que construyó, que transformó, que renació.

Esperamos conversar con los actores, los sobrevivientes, los equipos que salvaguardaron a sus familias y luego empezaron a ayudar, a cuidar, a contener; con los camarógrafos que tuvieron que trabajar sin alimento, sin paga, sin esperanza; con los oficiales de bomberos que ahora no quieren recordar; con los policías que se volvieron familia de desconocidos; con quienes siguen cuestionando el ayer y con aquellos que anhelamos que la memoria no se pierda, para que el recuerdo nos transforme.

Me gusta proponer el tema, encontrarme en esas calles destruidas que recorrí junto a mamá; en el recuerdo de esas fotos que se vuelven a publicar; de esas familias que les tocó marcharse; de quienes llegaron a habitar este territorio; de los espacios públicos que fueron morgues; de la desesperanza que luego fue trabajo; de quienes supieron qué hacer después y quienes se volvieron locos de sinsentido.

Este tema no está saldado; nos falta aún mucho por conversar, por revisar, por transformar. La catástrofe no debe victimizarnos; lo que pasó se convierte en el motor de lo que siguió, de lo que tenemos, de lo que podemos hacer. Honrar el recuerdo, hablar en presente, encontrarnos en el ayer.

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Texto 

Johan Andrés Rodríguez Lugo

Director de la revista El Rollo

Magíster en Comunicación

Comunicador Social y Periodista

"No es que uno quiera, es que toca, entonces tin"

© 2010 by revista El Rollo

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