Una pandemia

Antes de la pandemia, lo último que había escrito hablaba de un concierto de rock. Terminé aquel texto diciendo que aún nos faltaban primeras veces por vivir uno al lado del otro. Nunca pensé que entre esas primeras veces estaría una pandemia: el aislamiento social obligatorio, el miedo multiplicado en cifras, y un mes viviendo bajo el mismo techo sin que estuviera en los planes de ninguno de los dos —ni en los míos, que tanto me empeño en planear—.
Inicia
Parecían los hombres / enemigos,/ pero la misma noche / los cubría/ y era una sola claridad / la que los despertaba: / la claridad del mundo.
— Pablo Neruda
El tiempo perdió su nombre. Despertar era un acto incierto: podía ser lunes o domingo y daba lo mismo. A veces abría los ojos con la sensación de haber dormido solo minutos, otras con la pesadez de haber atravesado semanas enteras en un solo sueño. Las cortinas apenas dejaban entrar la luz, y el silencio de la calle era tan espeso que hasta los pájaros parecían cantar distinto.
La primera noticia del día llegaba de su voz: “hay nuevo reporte”. El Quindío, los departamentos, un número de muertes que nunca retenía. Yo preguntaba, siempre con optimismo casi infantil: “¿recuperados?”. Después él seguía, pasaba al mundo, a datos curiosos, a noticias que sonaban lejanas y a la vez tan propias. Yo corría a buscar cuántos habitantes tenía cada lugar del mapa, como si dividir los contagiados entre millones me regalara un consuelo matemático. Y callaba. Él entendía. Guardaba silencio con sus propias abrumas, con esa manera de informarse como si de esa cifra dependiera el orden secreto del universo.
Había mañanas en que me resultaba insoportable encender el televisor. Pasar del sueño conciliador a la realidad de todas las gentes era como estrellarse contra un muro de cifras y de historias. Cada gráfico de barras era un recordatorio de fragilidad. El dolor ajeno me hacía nudos en la garganta. En un libro de Mario Benedetti encontré una explicación: «es una historia vieja, o mejor dicho una vieja señal: el sobreviviente de un genocidio experimenta una rara culpa de estar vivo. Y acaso, quien por alguna razón válida (no tengo en cuenta las razones indignas) consigue escapar a la tortura, experimenta cierta culpa por no ser torturado». Era eso: la incomodidad de mis privilegios, el miedo a la tristeza ajena porque no era la mía.
En vez de noticias, buscaba refugio en pequeños gestos: preparar comida, escuchar salsa vieja, regar las plantas como si dependieran de mí para sobrevivir al encierro. El aire tenía un olor nuevo, una mezcla de desinfectante y de vacío. Afuera las sirenas y los aplausos de las ocho de la noche eran recordatorios de que estábamos todos bajo un mismo miedo. Cada aplauso era un intento de sentirnos juntos en medio de la distancia; cada silencio posterior, la confirmación de que nada volvería a ser igual.
Jaulas
El encierro era una jaula con doble rostro. Algunos días reíamos como piratas despojados de todo menos del ron, cantábamos a gritos, hacíamos durar una cerveza lo que nunca nos habría durado antes. Había en esas carcajadas una especie de salvación:
Como escribió Benedetti, «no sé, si uno se ríe verdaderamente con ganas, parece como si de pronto se te reacomodaran las vísceras, como si de pronto hubiera razones para el optimismo, como si todo tuviera un sentido. Uno tendría que automedicarse la risa como un tratamiento de profilaxis sicológica, pero el problema, como te imaginarás, es que no abundan los motivos de risa».
Y es cierto: no abundaban. Por eso esas risas se volvían sagradas, tesoros escondidos en medio de un tiempo baldío. Nos reíamos con la boca llena de dulces, con música que sonaba demasiado alto para una habitación, con brindis improvisados que duraban hasta la madrugada. Era como si la risa estirara un poco las paredes de la casa y nos permitiera respirar.
Pero no todos los días eran así. Había también jornadas pesadas, días que parecían meses. El silencio nos aturdía, las calles desde la ventana del cuarto piso se volvían más tenues, sin carcajadas ni certezas, con la sensación de que la madrugada nunca llegaría. A veces el reloj parecía haberse rendido, y las horas se pegaban unas a otras como si el tiempo estuviera enfermo también.
En medio de esa rutina, descubrí que el cuerpo es dócil: se acomoda a nuevos horarios, a nuevos cansancios, a nuevas formas de hacer y de no hacer. Y también la mente, como advertía otra vez Benedetti: «cuando uno tiene que estar irremediablemente fijo, es impresionante la movilidad mental que es posible adquirir. Se puede ampliar el presente tanto como se quiera, o lanzarse vertiginosamente hacia el futuro, o dar marcha atrás, que es lo más peligroso porque ahí están todos los recuerdos, los buenos, los regulares y los execrables. Ahí está el amor, o sea estás vos y las grandes lealtades y también las grandes traiciones».
Así iba y venía: de la risa a la pesadez, de los planes al recuerdo, de lo que me había hecho ser quien era a lo que nos había hecho ser quienes éramos. En ese vaivén entendí que, cuando saliéramos —cuando saliéramos—, no seríamos los mismos.
Pero también estaban los otros encierros, los que no eran míos. Afuera el hambre, la ansiedad, el bolsillo vacío, la angustia como humo en el aire. En casa, la impaciencia de él, la nostalgia de caminar, los planes frustrados. Yo cargaba con todo eso como si llevara varias jaulas a la vez.

Será recuerdo
Cada noche marcaba los siete números de mi casa de siempre. En medio del encierro, la familia se multiplicó en pantallas, en voces que llegaban a destiempo, en risas que cruzaban cables invisibles. Era extraño: las conversaciones parecían tener eco, como si las palabras viajaran más despacio y hubiera que esperarlas. Pero incluso así, esas llamadas eran un alivio. Me daban la certeza de que, aunque separados, seguíamos siendo los mismos.
Esas postales de cuarentena se quedaron cosidas a mi memoria, junto con el olor de un alcohol que nunca más me será neutro y con las manos agrietadas que parecían a punto de romperse. Recuerdo el sonido del rociar constante de los atomizadores, la sensación áspera de la piel cada vez más seca, los tapabocas colgados en las manijas de las puertas como recordatorios de un enemigo invisible.
Entonces, la pandemia nos enseñó a protegernos. Y lo irónico fue que lo que nos alejó nos acercó de otro modo: mi papá repitiendo “te amo” tres veces al día; mi hermano, tan esquivo siempre, enviando mensajes como si quisiera recuperar todo lo que alguna vez perdimos; mamá pasó de crítica implacable a orgullosa de mi bondad; él, pidiendo la bendición cada noche y diciendo que amaba a su padre en cada llamada. El miedo nos hizo conscientes de lo que no queríamos perder.
Cada gesto mínimo se volvió trascendente: una llamada, un mensaje, una risa compartida en video. Lo cotidiano adquirió un brillo extraño, como si la fragilidad del momento nos hubiera enseñado a mirar con lupa lo que antes pasaba inadvertido. Hasta los silencios tenían otro valor: eran silencios que cuidaban, que acompañaban, que sostenían a la distancia.
A veces me pregunto si todo eso que hicimos —esas llamadas, esos mensajes, esos “te amo” repetidos— fueron un ensayo de eternidad. Como si en cada palabra hubiéramos querido dejar un registro imborrable, un testimonio de que estuvimos juntos incluso en la separación.
La ausencia
En medio de todo esto, también perdí a mi tío. No fue solo su muerte la que nos dolió, fue la forma en la que se trastocó el rito de despedirlo. La pandemia cambió incluso la manera de llorar a los nuestros. No hubo velorio, no hubo flores, no hubo abrazos en una sala común. Su muerte fue un número más en un reporte. Su cuerpo bajó a la tierra en silencio, sin la compañía de nuestras manos ni de nuestras lágrimas juntas. Lo lloramos a solas, cada uno en su cuarto, cada uno frente a una pantalla. La pandemia nos robó hasta el adiós.
Me dolió no poder recordarle que nos parieron fuerte, nos criaron fuerte, que siempre hablamos fuerte. Me dolió no poder decirle que quería que su risa siguiera sonando en todas partes, que su carcajada quedara colgada en las paredes de la memoria familiar. Su ausencia es un eco sin respuesta, una puerta que se cerró sin dejarme pasar.
La pandemia nos mostró que también los ritos son parte de lo que nos sostiene, que en ellos se reparte el peso del duelo. Sin ellos, la ausencia se siente doblemente áspera. Mi tío quedó enterrado en un cementerio, al lado de mis abuelos, pero también en estas páginas, en este encierro, en esta memoria que guardo como refugio para que no se borre lo que fue.
Lo recuerdo en escenas que me llegan de golpe: una sobremesa donde su voz llenaba el espacio con anécdotas; una carcajada que estallaba como trueno en medio de una reunión; la manera en que gesticulaba con las manos, como si cada palabra necesitara cuerpo para existir. Era un hombre que no sabía hablar en voz baja, y en esa fuerza había cariño, había vida, demasiada vida.
Por eso su ausencia duele como un silencio impuesto. Porque en la familia siempre hablamos fuerte, y de pronto el mundo nos obligó a callar. Su risa, que antes parecía inagotable, quedó suspendida en el aire, como si las paredes todavía la guardaran. Y yo me descubro buscándola en los recuerdos, tratando de que siga sonando aunque el mundo entero haya callado.
A veces pienso que no solo enterramos a mi tío, sino una parte de nosotros. El rito no realizado nos dejó con las manos vacías, como si nos hubieran robado la última oportunidad de abrazar, de despedirnos, de decir “gracias” o “te quiero”. Nos quedó apenas la memoria y la promesa de cuidar de su risa, de su fuerza, de su huella.

Rengos
Me parecía que todos, aquí y en cualquier lugar, nos habíamos desajustado. Era como si la humanidad entera hubiera perdido el paso, como si hubiéramos empezado a caminar rengos después de una misma caída. Algunos lograban avanzar con torpeza, otros apenas se sostenían en pie. Unos hacían mayores esfuerzos por reajustar su vida, sus sentimientos, sus relaciones, sus nostalgias. Había días en que parecía que lo lográbamos: cocinábamos, bailábamos en la sala, aplaudíamos en los balcones, intentábamos convencernos de que estábamos domando al miedo.
Pero después venía la recaída. Cerrábamos los ojos confiados y reaparecía el caos, como una ola que se había retirado solo para volver con más fuerza. Esa recaída era devastadora porque ya no era sorpresa: sabíamos lo que se sentía hundirse, y aun así volvíamos a hundirnos. No saber cuándo pararía, cuándo sentiríamos de nuevo la normalidad —o si la sentiríamos alguna vez— hacía el caos aún más caótico.
El insomnio se volvió compañero de muchos. A mí me visitaban pesadillas con hospitales colapsados, pasillos interminables y rostros cubiertos que me miraban sin ojos. El silencio de la madrugada se mezclaba con el eco de esas imágenes y a veces parecía que el mundo entero respiraba con dificultad.
Hoy sigo pensando que nunca volvimos a ser los de antes. ¿Mejores o peores? Dependerá del juicio de cada uno. Pero lo cierto es que algo se rompió. La pandemia fue una tormenta que nos llovió por dentro y por fuera. Derribó árboles, arrancó techos, dejó escombros en las calles y también en el corazón. Algunos de esos escombros logramos barrerlos con paciencia: volver a salir, reencontrarnos, abrazar sin miedo. Pero otros siguen ahí, inamovibles, recordándonos que la fragilidad no se borra con decretos ni con calendarios.
Y en medio de todo, cada quien cargó su propio rengueo. Hubo quienes se quedaron sin empleo, quienes perdieron casas, quienes nunca superaron la angustia de una UCI. Hubo niños que aprendieron a leer en pantallas, ancianos que murieron en soledad, madres que sostuvieron hogares enteros sobre hombros cansados. A todos nos cambió la forma de caminar. A algunos más, a otros menos, pero nadie salió ileso.
Después de todo
¿Qué nos quedó después de lo poco que nos quedaba entonces?
Nos quedó la certeza de que somos frágiles, pero también la sospecha de que en esa fragilidad hay fuerza. Descubrimos que reír a carcajadas, aunque fuera poco, podía recomponer las vísceras. Que decir “te amo” no era cursilería, sino necesidad vital. Que cuidarnos no era un acto individual, sino colectivo: ponerse un tapabocas era también proteger al otro.
Nos quedó la memoria de lo que no queremos perder. La urgencia de mirar distinto lo cotidiano: el saludo de un vecino, el abrazo de un hijo, la mesa llena aunque fuera con lo mínimo. Nos quedó la conciencia de que la vida puede cambiar de golpe, con la misma claridad que despierta a todos bajo una noche común.
Nos quedó también una herencia de silencios: las calles vacías, los parques cerrados, los bares apagados. En esos silencios aprendimos a escucharnos, a mirarnos, a reconocernos vulnerables. Aprendimos que no éramos dueños de nada, que la normalidad era apenas una ilusión.
Y a mí, me quedó también el vacío de un tío al que no pude despedir. Un vacío que no es solo ausencia, sino recuerdo vivo: su voz fuerte, su risa que llenaba las habitaciones, su manera de hacernos sentir que la vida había que hablarla en voz alta. Aunque el mundo haya callado, quiero que su carcajada siga sonando. En cada reunión familiar donde falta su silla, en cada conversación donde su nombre aparece como una sombra, quiero creer que sigue ahí, riéndose con nosotros.
Después de todo, nos quedó la certeza de que la humanidad entera pasó por la misma tormenta, aunque en barcos diferentes. Algunos resistieron en yates, otros en canoas agujereadas, otros apenas flotando sobre una tabla. Pero todos miramos el mismo cielo encapotado, todos sentimos el mismo miedo de hundirnos.
Lo que vivimos nos cambió el paso, nos volvió rengos, nos dejó cicatrices. Pero también nos obligó a preguntarnos quiénes éramos sin lo que dábamos por sentado. Nos enseñó que no nos salva el dinero, ni el apellido, ni el lugar en el mapa. Solo nos salva la ternura, la memoria, la risa compartida, los gestos pequeños de cuidado.
Y ahora, cuando pienso en aquellos días, me repito algo que me sostiene: no volvimos a ser los de antes, pero seguimos aquí. Y en esa simple certeza —la de seguir— hay una forma de victoria.
Texto
Laura Barrios
Fotografía e ilustraciones:
Jorge Mendoza
