Un sueño llamado

ALTAVOZ

Existen mil maneras de soñar. Algunos tienen la manía de pensar que, si se cuenta lo soñado, nunca se va a consumar.

Una maleta cada año se llena de ilusiones. Botas sucias y ropa cómoda complementan las pertenencias de “El Viajero”. Esta vez la ruta es Armenia - Medellín. Se estaciona la Occidental, no pasan más de diez minutos y se da la orden de abordar… Sube un escalón, abre la puerta, ubica la silla 11 y se sienta. La mente cargada de mil preocupaciones no lo deja pensar lo que en carretera pueda pasar.

Como una madre algún día dijo “los años no llegan solos muchacho”, apenas pone su cabeza y reclina el espaldar, el cansancio lo vence, cierra los ojos, duerme. Pasa mucho tiempo y se da cuenta que el auxiliar anuncia la llegada a la estación de Sabaneta, paga sus trayectos y espera el tren.

Una, dos, tres… seis estaciones más. Llega a Industriales, se cambia del Metro al Plus, falta Nutibara, Fátima, Rosales y Parque Belén para arribar a su lugar final. Camina otras siete calles, hay una cama y ambiente familiar, por fin puede descansar.

Los parlantes comienzan a retumbar

 

“El Viajero” se comienza a desplazar, pasos vienen, pasos van, hay veinte agrupaciones el primer día en tarima para escuchar. Infinidad de sonidos, variedad de pensamientos, miles de extraños en el tumulto comparten un solo sentimiento, la música.

Se vale bailar, click…

Se vale cantar, click…

Y aunque no está permitido beber o fumar, nadie quiere estar escondido… Se vale expresar, click.

La cámara dispara lo suficiente, apunta hacia cualquier lugar, las imágenes son el testimonio, son la evidencia visual.

La noche, serena y apacible, se llena de mensajes que al ritmo de Inner Circle invaden los oídos de quienes están dentro y cerca del lugar. Después de una extensa jornada, “El Viajero” agotado guarda todo, sale a la calle por un trayecto extenso, el día estuvo tan bueno que no tarda en darse cuenta que no hubo tiempo de cenar.

La amiga infaltable aparece

Si Altavoz tuviera una fiel compañera, sería la lluvia, una perfecta combinación de grises cubría Medellín el domingo. Era evidente que en cualquier momento aparecía el aguacero, aun así, contradiciendo lo que el clima predecía, no carga abrigo “El Viajero”.

 El tiempo fue suficiente para hacer fotos de cinco bandas en la Tarima Fest y tres en el Escenario Alterno. Su abuela decía “San Pedro abrió la llave de cabo a rabo” pero ese día, pensó que, se le había ido la mano. No obstante, el chaparrón amainaría y permitiría ver el final de Black Pantera y Pink Floyd Sinfónico.

Tímidamente la nube se iría para disfrutar de los sonidos estridentes del metal, pero al final, reclamando su lugar, la lluvia retornaría para acompañar a Carcass de principio a fin. Después de un poco más de una hora de show, “El Viajero” terminaría con tres amigos más comiendo en Los Perritos de la 76.

Contrastes de la eterna primavera

 

El sol salía radiante, caliente, penetrante. Las prendas no eran suficientes para evitar que los rayos solares como alfileres punzaran. Una maleta dentro de otra, el tiempo no daba para volver a Belén San Bernardo. Al llegar, en sala de prensa, “El Viajero”, como tratándose de un parto, sacó de las entrañas de la maleta un morral negro, el fiel compañero durante el sueño de tres días.

Ante cualquier contexto y en el lenguaje popular, “al que madruga dios le ayuda”, es la premisa de los que llegan temprano y se salvan del “taco” de gente que se forma para entrar al Festival.

Filas hasta de dos horas para ingresar, sonrisas por los que coronan, lamentos porque “es que yo quiero ver a Nach y esta joda no avanza”. El rap, hip hop, punk y ska pululan en el ambiente rockero de la ciudad. El estadio está a reventar. No era el Atanasio, no jugaba Medellín o Nacional, era el Cincuentenario que durante un fin de semana sumaba 83 mil asistentes para ver a sus grupos favoritos. Tener a Nach, Ilegales y Suicidal Tendencies el mismo día, en el mismo escenario, para algunos era imperdonable, para los menos radicales, una oportunidad de ampliar su panorama musical.

Para “El Viajero” resulta difícil poner la tapa de los lentes, apagar la cámara, guardarla. Unos metros lo separan de la calle, camina hasta la Carabobo Norte, aborda un taxi, son 15 mil, paga,  agradece y se baja. Solitario y en silencio espera treinta minutos para abordar en una sala gris y silenciosa, esta vez la silla es la 12, llueve, cierra sus ojos nuevamente.

Siendo un poco más de las siete treinta de la mañana, despierta, llovía, parecía una escena repetida, solo que el escenario era diferente. Baja un escalón y siente nuevamente el olor de la realidad. Ya son varios años que la historia se repite, es un sueño recurrente, normalmente “El Viajero” le huye a la gente pero en este ambiente, por muy masivo que sea, la felicidad es evidente.

Podrían teclear más letras, podría articular más palabras, déjenme con las fotos, la escritura no es mi fuerte… Claramente “El Viajero” soy yo.

En este momento, veo las fotos escuchando la música de los grupos que ya tenía en mi biblioteca musical y también, las canciones de las bandas que no conocía. Da nostalgia recordar, qué bonito es soñar.

© 2019 by revista El Rollo

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