MIÉRCOLES

8- abril-2020

Ilustración: Cortesía de  La Ché / El Espectador
 @lachetaller  / @elespectador  

     Era la semana de receso de Semana Santa del año 2006 o 2007, vivía con mamá en un apartamento en la calle 36 #25-56, de Calarcá. En diciembre, el niño Dios y mi padrino me habían traído un monopatín. Era gris, con dos llantas de goma, como las de los patines y las agarraderas de espuma negra. Solía salir a montar en el andén y Blanquita me ponía cuidado desde la ventana, iba y venía, bajaba y subía, bajaba y montaba el pie, montaba y me bajaba. Y así quemé la fiebre del monopatín. Los meses siguieron y yo disfrutaba de mi regalo.

      El Miércoles Santo mis hermanas habían programado una salida con mis sobrinos y yo. Era un paseo que hacíamos cada tanto en donde nos íbamos a pie o en bicicletas hacia el río que queda en la vía Chagualá, entre Calarcá y Armenia. El grupo era grande: mi hermana, su esposo y sus dos hijos; mi otra hermana, su hija y la hija del novio; vecinos, amigos y Johancito. Como mamá no iba, una de mis hermanas me recogía a las diez de la mañana y me llevaba hasta el lugar de salida donde nos encontraríamos con los demás. Por supuesto, ese día me desperté temprano, me bañé, me arreglé y me senté en los muebles de la sala a ver El Fantasma Escritor mientras llegaban por mí. Todos habíamos quedado en que nos íbamos en bicicleta, y obvio yo no iba a ser la excepción. Ya la tenía lista, limpia y con los tarritos de agua de los Power Rangers. Resulta que a doña Blanca le dio una corazonada de madre, de creyente, de religiosa.

  • Andrés, mira, te traje cafecito.

  • Gracias mami.

  • Hijo, ¿y si te vas en el monopatín?

  • ¿Qué? ¿Por qué?

  • Pues por seguridad, además hoy es Miércoles Santo.

  • Ma, pero cómo así, ¿no escuchaste que anoche dijeron que todos van en las bicicletas?

  • Sí, pero pues qué tiene de malo que te vayas en el monopatín.

  • Pues como que qué, no ves que me voy a demorar más que los demás.

  • Eso no importa, obvio te esperan, sabes que Mile no anda tan rápido.

  • No, Ma, claro que no, yo me voy en la bicicleta.

  • Johan, no, ya te dije, te vas en el monopatín.

  • ¡Ma! Nooooo, pero por qué, noooo.

  • Johan Andrés, ¡Ya le dije! Se va en el monopatín, es Miércoles Santo y, es más, ni debería ir.

  • Maaaaa, noooo, pero si anoche dijiste que sí. 

  • No importa ya no va.

 

     La puerta de mi cuarto ya estaba acostumbrada a mis golpes, ese día no fue la excepción. A las diez pasadas llegaron por mí, mamá le dijo a mi hermana que yo estaba muy desobediente y que ya no me iba a dejar ir, obviamente ella intercedió por mí y le dijo que me dejara, que igual el resto de la semana iba a estar encerrado y castigado, que no les dañara el paseo que de todas formas hacía días que no íbamos al río. Doña Blanca aceptó a regañadientes y aunque propuso que me fuera en el monopatín, mi hermana coincidió en que no era buena idea porque me demoraría más que todos. Así que me dijo – Johan, no sé, usted verá, haga lo que quiera – y yo, todo macho empoderado respondí – Pues sí, ya no tengo cinco años.

     Llegamos a la casa de mi otra hermana, todos estaban listos y ya íbamos a salir. En el barrio el Cacique hay varias formas de tomar la variante, ese día íbamos a salir por una de las faldas más empinadas, claramente todos íbamos a llevar las bicicletas en la mano porque subirla era complejo, incluso para mis cuñados. En todo caso, días atrás Yulied, una de mis hermanas, había comprado una bicicleta nueva, una todo terreno grandísima, morada con rayas amarillas y manubrio gris, de llantas negras y como con 30 cambios. Era más grande que yo, y mi sobrino la iba a manejar. Siempre he sido consciente de mis limitaciones y desde que empecé a usar lentes dejé de ser arriesgado por miedo a que se me dañaran o que me quedara más ciego. Para esa época ya me había acostumbrado a vivir con astigmatismo e hipermetropía en mi ojo izquierdo. Resulta que mi sobrino arrancó con ventaja de una cuadra, empezó a pedalear y con el impulso y la velocidad que cogió pudo bajar la falda pequeña y subir la grande de un tirón. Cuando mi hermana se dio cuenta. Alejo estaba arriba.

  • Joha, Joha, hágale, tome impulso y suba.

  • No, no, mi bicicleta no me da para eso.

  • Claro que sí, ayy severa niña, hágale.

  • Tan bobo, no soy una niña, pero no alcanzo.

  • Ahhh noo, Joha, mucha niña.

  • ¡Que no soy una niña!

 

     Y sí, como dicen, bobo cariado mata a la mamá. Resulta que Johancito se devolvió a tomar impulso, retrocedió dos cuadras porque sabía que con el impulso de una no alcanzaba. Me paré en la esquina y miré a Alejo, él desde allá me hacía con los codos como gallina. Y yo me dije – Nada, obvio soy capaz – arranqué a pedalear, empecé a sentir la velocidad, los pedalazos los daba con más fuerza y la velocidad ya me zumbaba en los oídos. Recuerdo que agaché la cabeza para que el viento no me pegara en la cara y daba pedalazos fuertes y seguidos, fuertes y seguidos, fuertes y seguidos. La bicicleta me estaba respondiendo bien, y la primera falda llegó, empecé a descender a toda velocidad. En ese momento, por las piedras que había en la calle, el manubrio empezó a moverse de un lado para otro, de la velocidad no lograba estabilizarlo, me asusté, empecé a gritar, Alejo gritó, mis hermanas gritaron, mis cuñados gritaron, las vecinas gritaron, mis sobrinas gritaron, yo grité, grité, cerré los ojos y apreté el freno 

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  • ¡Johan!, ¡Johan!, ¡Johan!

  • ¡Johan!, ¡Johan!, ¡Johan!

  • ….

 

     Abrí los ojos, estaba al lado de una alcantarilla, en la mitad de la falda, intenté moverme, no sentía las piernas, no sentía los brazos, empecé a gritar, mi cuñado llegó, me cargó y me llevó hasta la casa. 

  • Me tiré el paseo.

  • No, Johan, míreme, ¿está bien?

  • No sé, no siento las piernas.

  • Muestre, intente caminar.

  • Mueva los brazos.

  • ¿Le duele?

  • Sí, aquí, aquí y aquí. Ahh, también acá, acá y acá.

  • Levante la cabeza.

  • Espere traigo alcohol.

 

     Johancito casi se mata, no me fracturé, no sé por qué, pero en todo casi los raspones en los brazos y las piernas me duraron como un mes. Entre las piernas tenía dos morados grandísimos que cada día cambiaban de color, no me podía sentar, caminaba despacio y me reventé el labio superior, aún tengo una cicatriz entre la nariz y la boca. Cicatriz que siempre me recuerda la cara de mamá cuando llegamos a la casa.

  • Johan, le dije que se fuera en el monopatín.

  • Ma, sí, pero todos iban en bicicletas.

  • Nada, a su mamá siempre se le hace caso y más en días santos.

  • Ayy Mami, eso no tiene nada que ver.

  • ¿Cómo que no?, Vea como se volvió, gracias a Dios no le paso nada más grave. Por eso es que uno en Semana Santa se tiene que encerrar y ya, vacaciones hay en cualquier momento.

SOBRE EL AUTOR

Johan Andrés Rodríguez Lugo

Futuro Comunicador Social Periodista Universidad del Quindío.

- Tomar café, comer mucha pasta, la música, los libros, los viajes, cosas simples y también algunas complejas - “No es que una quiera es que toca, entonces tin”- 

Contacto:

Facebook: https://www.facebook.com/johanandres.rodriguezlugo

Twitter: @UnJohanTin

Instagram: @Johan_RL

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