Las cajas negras del ICR 

  • Tú puedes, no pasa nada, la gente es todo bien. 

 

Soy nerviosa por naturaleza. 

 

  • Sube, sube. 

 

Al fin y al cabo es mi trabajo, lo que me gusta hacer, hay que enfrentar los miedos ¿no? 

 

Subo las escaleras al escenario y una luz me apunta de frente. 

 

Es el momento. 

 

Respiro profundo y con una sonrisa tímida digo: 

 

  • Oye, ¿Será que puedo cargar mi celular aquí? Tengo poquita batería y necesito que me dure todo el evento. Solo voy a estar cinco minutos, es que no encuentro enchufes y me dijeron que subiera y…

  •  

Obvio me interrumpen, no sé por qué doy tantas explicaciones. 

 

  • Sí, no hay problema, pero muévete de ahí que están probando las luces. 

 

Mi corazón da un brinco. Ya sé que no es para tanto, pero no me culpen, pensé que me iban rechazar y ya había hecho varios escenarios en mi cabeza donde decepcionaba a los de El Rollo por no tener contenido, no podía llamar para salir del estadio, me iban a echar de la tarima por estorbar haciendo preguntas bobas, lo poco profesional que podía ser un periodistas en esa situación… y otras escenas dirigidas por la ansiedad. 

 

  • Lo mejor es que lo cargues aquí. 

 

Señala la caja llena de botones y cables. 

 

Debo sacar el cargador de la maleta y claro, cargó cosas de más y el cable está en lo más profundo. De la manera más torpe logro sacarlo, mientras el señor técnico y su compañero me miran entre risas. Yo me río también, porque llorar sería la tapa. El señor con su gorra, con la camiseta del ICR, todo de negro y con el audífono del radio colgando recibe mi celular,  el cargador y lo conecta. 

 

  • Me voy a hacer aquí ¿está bien? mientras carga, enserio no me voy a demorar. 

 

Al señor parece no importarle, se recuesta sobre las cajas negras que abundan sobre la tarima. 

 

  • Si, si no te preocupes. 

 

Los demás técnicos siguen revoloteando sobre el escenario probando sonido, luces, micrófonos, cables, instrumentos y todo el alboroto que viene con un concierto. La siguiente banda se alista para tocar y yo diviso todo detrás de las cajas negras en un rincón. Los presentadores ya están listos, dan la entrada y los artistas se acomodan, agradecen la presencia e inician a tocar. 

 

Para mi cada detalle es emocionante, solo los veo de espaldas, interrumpidos por las cajas negras y los técnicos que se cruzan de vez en cuando. Sus voces hacen brincar a todo el público, que aumenta mientras se acerca la medianoche. 

 

Con la maleta llena en los hombros y el bolso con la cámara terciado me siento despacio en el suelo, como para escabullirme y no hacer ruido, en un concierto de rock, si eso puede tener algún sentido. Pienso en lo peculiar que puede ser ver a alguien flaquita, pequeña, con un overol verde militar,  una camiseta negra (porque eso es muy del rock, ¿no?) y unos Vans negros viejos que también usé hace dos años en otro Ibagué Ciudad Rock. 

 

Parece entonces el momento perfecto para comer. Entre el millar de cosas que tengo en mi maleta hay una hamburguesa que compre hace una hora, después de estar 4 o 5 horas dando brincos de un lado a otro como un niño gomoso con su juguete nuevo, necesitaba recargar energías y el escenario, la música y estar arriba entre cajas, donde todos te pueden ver pero nadie se fija porque no eres el centro, es el lugar digno para disfrutarla. 

 

También traigo unas galletas que empaque de mi casa aunque sé que no me las voy a comer, porque pienso que tener comida siempre es una carta de presentación para caer bien, creo, y las guardo para otros así vuelva a casa de nuevo con ellas. Saco mi hamburguesa y le doy el primer mordisco con muchas ganas. Sí, tengo hambre. 

 

Alguien me toca el hombro, y si les confieso mi atención es muy dispersa o no me funcionan bien los oídos, menos con la música encima y los audífonos que tengo sin conectar a nada y  me pongo para evitar llegar a la casa con un zumbido en el cerebro. Me dice algo, que no escucho, ni entiendo por más que intente leerle los labios, repite un par de veces y logró pescar palabras en las repeticiones. 

 

  • ¿Compartes hamburguesa?

 

La risa nerviosa ya es parte de mi personalidad. 

 

  • ¿Quieres? 

 

Le pasó la mitad de mi hamburguesa al hombre que trae una linterna en su cabeza calva. 

 

  • Estaba molestando. 

 

Eso sí lo escuche. Menos mal, estaba molestando porque si añoraba la hamburguesa a pesar de todo. Me refiero a que estaba rica, pero una hora antes mientras estaba haciendo la fila para comprar la tan añorada comida: Hamburguesa con costilla, me puse a observar al cocinero mientras picaba la carne. Tomó un trozo con su mano, se lo llevó a la boca y como en cámara lenta de la misma, salió un pedazo directo de nuevo al mesón donde estaba el resto de carne listo para poner en las hamburguesas que hacían fila para ser entregadas. 

 

Tal vez en la mía o la de mis colegas o la de los miles de espectadores hambrientos de rock, se fue aquel pedazo de ADN del cocinero. El señor de la luz en la cabeza también podía estar hambriento y se negó a mi hamburguesa fría, porque como yo también es asquiento, aunque el hambre me nubló la razón, o él enserio no quería y ya. 

 

Con las piernas cruzadas,  los cachetes llenos de hamburguesa  y fascinada con la emoción de la gente cantando las canciones de aquella banda que yo conocía de nombre y ya, disfruto cada pedazo, del momento y la comida. Otros como yo, ansiosos con su cámara disparan sin parar a los artistas y los veo desde el rincón, como estiran el brazo para poder tener la foto más cerquita. 

 

Ofrezco mis galletas en agradecimiento al señor técnico, que solo recibe una del paquete. El señor de la luz en la cabeza regresa y me pasa su celular abierto en notas, donde dice: 

 

¿Dónde podemos ver lo  que vas a hacer? 

 

Desconecto el celular cargado de la caja negra que me cubrió casi 30 minutos y busco el usuario de Instagram de El Rollo, lo señaló y él lo busca, toma también mi usuario y yo sonrío como cuando la mamá te pellizca en público. Esto luego será gracioso. Bajo del escenario y corro al frente, de nuevo a ser la pulga que se empina para tener la foto de cerquita. 

 

Pasa el tiempo y la presentación de Los Roñosos se acaba, y como les dije, soy una niña gomosa, corro de nuevo a la parte de atrás del escenario en espera de su salida. Nunca los había escuchado, pero me goce el concierto como su mayor fan, repitiendo coros y murmurando palabras que no tenían nada qué ver pero parecía que estuviera cantando con sentimiento. 

Baja uno por uno, me acerco al primero: argentino de panza y barba. 

 

  • Hola…

 

Se pierde mi voz mientras me giro con disimulo como si no hubiera ido directo a él. Que pena. Al segundo: argentino, panzón con barba. Ni lo intento, aún me da pena. 

Al tercero: argentino, panzón con barba. A este si le tengo que decir, no puedo ser una periodista penosa. 

 

  • Hola, gran show. ¿Podrías regalarme un saludo en video? 

 

  • Claro, claro dime cuando estés grabando. 

 

Le apunto con mi celular, le doy las indicaciones, él sonríe mientras le cae el sudor por los ojos y saluda. Mis amigas y colegas piden otro saludo y lo grabamos desde el mismo celular. Él dispuesto y amable sigue las instrucciones al pie de la letra. 

 

  • Gracias. Estuvo genial el concierto. 

 

  • A ustedes estamos muy felices de estar aquí, Ibagué es maravilloso. 

 

Asentimos con la cabeza y sonreímos. 

 

  • Las periodistas en Argentina son gordas y feas, ustedes son muy bonitas.

 

Creo que en este punto ser mujer se convierte en esa constante dualidad de entender si es falta de respeto o cumplidos chuecos. Todas hacen la sonrisa del pellizco. Es solo un cumplido chueco. Es que son argentinos, panzones y con barba, pero grandes artistas, sin lugar a duda. Tendremos entonces el recuerdo en una foto que alcanzamos a tomar.

Mientras baja una banda y sube la siguiente la gente se desploma en el suelo. Supongo que las pasiones son el éxtasis del cuerpo. Horas enteras brincando sin parar, con intervalos cortos de descanso para gritar con más fuerza a la siguiente presentación, o moverse entre el público y el escenario, para encapsular momentos que luego pueda contar, entonces, si, supongo bien.  

 

ICR corre para mí como una película comercial: luces, efectos, sonidos, dramas, punto de quiebre, momentos de felicidad, escenas forzadas y sin sentido, besos apasionados y obscenos, hasta alguien se iba a casar pero solo era estrategia del presentador para mantener la atención. Todos los días de trabajo, se resumen en unas horas, hasta cambio de vestuario hay. 

 

Ahora tengo una jardinera blanca, con un básico negro y los Vans,  para no perder la onda del rock, según yo claro. Tratar de encajar es esencial para no sentirme sola, es la primera vez que aunque conozco gente, no van conmigo. Sin embargo, los amigos que he atesorado en espacios como este, son otra fuente de energía. 

 

  • Venga sentémonos aquí. 

 

Aquí, donde estoy sentada, la caja negra cubierta de plástico, está mojada por las lluvias y yo traigo una jardinera blanca. Pero bueno, eso pasa a segundo plano mientras hablamos de la vida sentados con los pies colgando. Actores naturales les dicen, se acaban de bajar del escenario para promocionar en 5 minutos su película, La Jauría, es su momento de rockstars.

 

  • Vea, le traje esto. 

 

Una manilla con mi nombre. 

 

  • ¡Ay! yo también les traje algo. 

 

Como si no fuera suficiente con las cosas que cargo en el morral, sacó un recipiente con pastelitos de arándanos que mi hermana hizo esta mañana y que cargaba para entregarles cuando los viera. Ahora que lo pienso, me veo como la antítesis del rock, pastelillos y un vestidito blanco.  En serio ¿Qué tan mal suena? y yo jurando que la manilla de cuero negro, los zapatos y el básico, me hacían ver como la más ruda.

Con la retaguardia mojada y una manilla nueva, corro al frente del escenario de nuevo. La zona de prensa ahora parece más llena que la del público, me tardé en asimilar que Los Cafres atraerían muchos “periodistas” sin escarapela. Ahora estoy como a 6 cabezas del escenario, pero al menos logró ver. 

 

  • Permiso. 

 

Acompañado de un leve empujón, me dice el vocalista de una banda local 4 cabezas más alto que yo. Acto seguido, se ubica al frente mío junto a su novia, o eso creo. Olvídenlo, ya no veo nada. Ni empinándome, ni con la cámara. De aquí podemos decir que viene las escenas cursis y desagradables, que divise sin salida más de 4 canciones, acompañada de varios pensamientos en los que usaba palabras soeces y le jalaba el pelo. 

 

El espacio a mi izquierda que dejó vacío alguien, que en repetidas ocasiones se agachó para recuperar fuerzas, me devolvió la tranquilidad, ahora al menos veía las medias de Guillermo Bonetto. La media noche, igual,  pasaba ya la factura. Dos canciones más y sería yo quien dejará el espacio vacío. Ya la rabia me había consumido la paciencia y el sonido de reggae, me estaba arrullando. Mi espalda era la que gritaba ahora, por haber cargado de más, haber saltado mucho y exagerado lo de empinarme. 

 

La gente sigue cantando. 

 

  • Otra, otra. 

 

Los periodistas corren al backstage a tener la entrevista. 

 

  • Cerrado. Nadie puede pasar, estos son exigentes. 

 

Los presentadores dan la noticia. 

 

  • Los Cafres van a volver a cantar. 

 

Ya deje mi espacio vacío. Disfrutaré de aire recostada en una columna, hasta que vengan por mí y  la gente se esfume del estadio, los artistas se vayan, el silencio se cuele en los murmullos  y todo se funda en las cajas negras. 

Texto y fotos

Laura Lorena Ruiz Troncoso

Estudiante Comunicación Social y Periodismo

Universidad de Ibagué