top of page

¡Es que no me dejan!

TauajesJohan (1) Acuña.jpg

Mi papá no me deja tatuar. Ya, eso es, fin. Mamá siempre usaba la frase: “pregúntele a su papá”, aún cuando él no vivía con nosotros y realmente no era alguien que decidiera por mí, pero ella lo hacía porque sabía que me diría que no, que eso no era de verdaderos hombres, que eso se lo hacían los gamines, los ladrones, los que no servían en la sociedad. Que con eso no me iban a contratar en un puesto, en un banco, que ni siquiera podía ser policía, aunque realmente esto último jamás estuvo en mis planes, en fin: “Johan, no y no se habla más sobre eso”.

La primera vez que toqué el tema en mi casa tendría alrededor de 13 años, no recuerdo los detalles, pero supongamos que eran las 8:00 p.m. de la noche y las noticias se habían terminado, las novelas iniciaban programación y mamá y yo estábamos adelantando tareas o trabajos, ella calificando exámenes y yo preparando los cuadernos para el otro día, en algún instante nos sentamos y viendo el televisor, lancé la expresión de desdicha: “¿Mami, cuando cumpla 18 me puedo tatuar?”. A lo que vendría su respuesta: “Pues esperemos que sea mayor de edad y ya no esté en esta casa, porque esas cosas no son de personas decentes realmente, o es que usted ha visto que el doctor que lo atiende tiene tatuajes, o el muchacho del banco tiene, o sus profesores tienen tatuajes, no, nada, además vea el hijo de doña Griselda, tiene esos brazos tatuados y tal vez por eso es que no consigue trabajo”.

La segunda vez que volví a tocar el tema, estaba a punto de graduarme del colegio, año 2010, por aquellos días eran fiestas de Calarcá y había un stand de esos que hacen tatuajes temporales. La gente vivía obsesionada por los “tribales”, tatuajes sin formas definidas que ocupaban gran parte de los brazos, la espalda o las piernas, así que de antojado me hice uno y llegué a la casa con él. Todo esto patrocinado por mi hermana mayor que me animó a hacérmelo porque de todas formas se me iba a caer. Resulta que doña Blanca no me dejó entrar cuando ya me estaba regañando y maldiciendo y culpándose de ser la peor mamá del mundo al ver el hijo que le tocó. Nos tocó calmarla rápidamente antes de explicarle que todo era un chiste y que eso se me iba a caer. La siguiente semana estuvo pendiente de que en serio se desapareciera y que no fuera mentira. Con esa reacción me dije: No, lo mejor es no tatuarme.

Años después, cuando mamá ya no estaba, la idea volvió a surgir en forma de homenaje, por aquel tiempo ya era fan de Piratas del Caribe, Jack Sparrow, el personaje principal, llevaba en su brazo el tatuaje de un gorrión con fondo de puesta de sol en el mar, realmente era lo que lo identificaba como Sparrow y debajo de las líneas que formaban el mar tenía escrito: Jack. El actor Jhonny Deep, luego del éxito en taquilla y de diferentes situaciones familiares en donde casi pierde un hijo, decide tatuarse realmente el nombre de Jack que es a la vez el nombre de su hijo. Pensé que sería bonito hacer lo mismo y en ese sitio poner los nombres de mi mamá y mi hermana, pero entonces apareció el sabio comentario de papá: “Johan, ¿usted cree que a su mamá le hubiese gustado eso? Ante el absurdo decidí detenerme y esperar a graduarme de la carrera, ser independiente y no tener que rendirle cuentas a nadie para poder disponer de mi cuerpo, suena extraño, pero así es.

Este año la idea volvió a surgir. Durante las marchas y las manifestaciones producidas por el paro que inició el 28 de abril de 2021, varios tatuadores de Armenia decidieron hacer un diseño que es básicamente el croquis del mapa de Colombia, le dieron un valor asequible, y propusieron que los recursos obtenidos serían para apoyar las movilizaciones. Diferentes amigos apoyaron la idea y hoy tienen a Colombia tatuada en sus brazos, piernas y traseros. Sin embargo, en uno de los almuerzos de discordia en la casa de mi papá, nuevamente se propone el tema, el deseo, la idea confiada y decidida de tatuarme algo tan representativo y con un sentido total para estos tiempos, a lo que don Papá en su sabiduría responde: “Pues sabe qué, espere que me muera y se tatúa”.

 

Y así finalizo, con la idea de que definitivamente no me han dejado tatuar y espero que realmente no me den permiso.

  Texto 
Johan Andrés Rodríguez Lugo
Director, Revista El Rollo

  Fotografías:  

Christian Acuña – Jorge Mendoza

bottom of page