2020

El inicio de la actual década calendario exhibe la historia viva y convulsa de nuestro mundo. Según los registros históricos, la pandemia del Covid 19 comenzó en el año 2019, pero todo se despelotó en el 2020; nada volvería a ser como antes, incluyendo nuestras desarraigadas y virtualizadas vidas. Quedan en el recuerdo: las travesías y las cimas, las alevosías y los desengaños, los miedos y los terrores, las resistencias y los amores, las nostalgias y los resurgimientos. Así rememoro el 2020:
Para diciembre del 2019 el coronavirus azotaba a China, mientras a Colombia la flagelaba la desesperante presidencia de Iván Duque, el mismo pendenciero del infame “de qué me hablas viejo” mientras el Estado colombiano bombardeaba menores de edad; del mequetrefe lacayo de “saludes del presidente Uribe, que lo quiere mucho” en visita al rey de España; y del que se abrazó efusivamente, hace poco, con el genocida sionista de Israel. Nuestro país venía del estallido del 21N de 2019, mientras que el Covid sólo atrasaría lo inevitable de la movilización social (2021) contra el régimen de la extrema derecha financiadora y ejecutora del narcoparamilitarismo.
Durante el puente festivo de enero de 2020 tuve el siempre bello privilegio, junto con otras cuatro personas, de darle la bienvenida a un nuevo ciclo del calendario solar en la cima del Paramillo del Quindío[1]. Fue la cuarta, de cinco oportunidades, hasta el momento, que hemos tenido de presenciar, recorrer y estudiar el lugar donde nace el agua que tomamos en la ciudad de Armenia, el punto más alto sobre el nivel mar en el Territorio de Vida Quindío, donde yace el antiguo Nevado del Quindío.
No solo el Coronavirus acechaba con pavor a través de las redes y las pantallas que publicitaban el aislamiento, también la actividad paranormal en una de las viviendas que visitaba y habitaba constantemente por aquellos primeros meses del 2020. Hecho tan apasionante como abrumador, en experiencia compartida con la tocaya Ojos de Jaguar, su nombre equivalente a guerrera ilustre y victoriosa, mujer querida y amada. Cuando el pánico toca a la puerta y el ambiente se torna lúgubre con pizcas de pelos de punta, preferible no abrir, porque entran sin permiso los espantos sofocantes de las casas de antaño. Las historias de terror no solo se encuentran en los clásicos del cine o en cementerios abandonados, también se percibe gran intensidad paranormal en algunas casas del barrio Alcázar de Armenia.
El Covid se expandía a otros países de Asia y tocaba las puertas de Europa, mientras el miedo se apoderaba de aeropuertos y terminales que glorificaban el distanciamiento social como supremacía imperante frente al impacto del vigente virus. En Colombia veíamos con desesperanza cómo avanzaba el miedo auspiciado por los medios hegemónicos de comunicación que te dicen que llueve mientras te mean con publicidad tendenciosa y defensa de la “gente de bien”. Posterior a los Idus de Marzo, fecha de los malos augurios convertidos en la muerte del emperador romano Julio César, cerró todo. El virus había llegado a nuestro vulnerable país y con él, el desasosiego de la cuarentena y el incómodo uso del tapabocas.

Muchas vidas se silenciaron con el Covid, más las bocas que quedaron tapadas por la censura frente a los trapos rojos que ondeaban las fachadas humildes de Colombia. Mientras tanto, la banca corporativa, usurera y despojadora, continuaba financiando su pérfido actuar con dineros públicos, en afrenta a quienes no podían salir a las calles a rebuscar el pan nuestro de cada día. Muchos tapabocas que incluso eran de cuero, con incrustaciones de finas joyas para el deleite arrogancia de una clase social frívola, y varios productos de aseo, solo sirvieron para irritar los ojos y el temperamento de las personas, muchas de ellas, que nunca creyeron en el miedo generado por el virus.
El Covid llegó con toda, incluso desmantelando el íntimo velo del menosprecio y la traición que no perdonaron amistad y labor. Les quedó grande la palabra “Amar” y mucho más… “Errar es humano, pero traicionar es elegir romper lo sagrado. Y hay cosas que, por dignidad, no se olvidan”. Como canta la grata canción Latinoamérica de Calle 13: “Perdono, pero nunca olvido”, porque el olvido es razón de impunidad. Se agradece siempre la escuela y la experiencia, pero necesaria también la coraza para protegerme de la intransigencia de la alevosía.
El calendario corría mientras las videollamadas se hacían tendencia. La policía mataba jóvenes en el Cauca, dizque por incumplir la cuarentena, mientras nos aguantábamos el inoperante programa televisivo de Iván Duque. Los trapos rojos seguían ondeando y avivando el fuego de una movilización popular que pronto estallaría. Lo más bello de estar encerrados, era evidenciar el regreso triunfal de cientos de especies salvajes de fauna y flora, que retornaron a sus propios ecosistemas de los que fueron desplazados, convertidos en pueblos, ciudades y puertos fantasmas. Vacíos. Un breve respiro para la naturaleza, en medio del caos de la ambición capital del ser humano.

Durante el segundo semestre del 2020, publicamos en El Rollo un ensayo llamado “Susceptibles por aceleración”; en uno de sus capítulos compartía lo siguiente: “Entretanto, mientras que, de forma inútil y pendenciera, el sistema del caos con sus vasallos del orden, nos impone “reinventarnos” en la “nueva normalidad” ante la tragedia. El Covid19 se convierte en la siguiente joya de la corona, no sin antes, soberbiamente, atribuir culpas virales y causas demenciales, a un ser animal destinado para el mórbido consumo humano: el pangolín. Acontecemos, los seres humanos, tan minúsculos e ínfimos, pero tan destructivos y soberbios, como un virus purulento, sin pretender un sincero y personal autoanálisis. Nos hemos deslizado por la inmensidad del tiempo y espacio, dejándonos entender que somos una existencia fétida de fácil corrupción, vanagloriándonos de no inmiscuirnos en la inmundicia ajena, porque felices estamos y nos revolcamos en la propia. Le otorgamos inmenso poder al miedo y a la propaganda hegemónica. El ego y la envidia suprema nos corroen. Nos dejamos seducir y confundir por la noción competitiva de superioridad intelectual y supremacía racial frente a quien nos rodea. Destruimos perversamente la biósfera. Nos preguntamos el porqué de nuestras enfermedades, cuando cegados defecamos en nuestra propia agua y comemos el veneno que inyectamos en nuestra tierra. El sistema imperante le da enigmática y extraña importancia divina al oro, destruyendo la tierra, el agua, la vida. La basura plástica y la contaminación parecieran ser el legado más perdurable para las próximas generaciones. La podredumbre y la perversidad de las redes sociales expresa desesperanza, siendo la decadencia cúspide de las relaciones humanas, primigenia del distanciamiento social actual. En la antigüedad venían en nombre de la corona y la iglesia, hoy vienen en nombre del "desarrollo".
Le hemos proporcionado inconmensurable valor al miedo porque enaltecemos nuestro temor a lo que nos es desconocido. Permitimos, impunemente, la eterna victoria de la muerte sobre la vida.
[1] Lugar que visitamos con la revista El Rollo por primera vez en 2017.
Texto
Luis Hernando Restrepo Aristizábal
Comunicador social periodista
Fotografía e ilustraciones:
Jorge Mendoza
Editor revista El Rollo
