Muerte y vida de una obra

Por: Johan Andrés Rodríguez Lugo

Fotografías: Christian David Acuña

Muerte y vida de una obra es la mejor expresión para describir el recuerdo de Andrés Caicedo, así lo afirma su hermana Rosario en las charlas que ha dado este año a lo largo y ancho de Colombia en conmemoración a los cuarenta años de la muerte de Andrés y la vida de “Que viva la música” la única novela, la única publicación oficial, la cual tuvo en sus manos momentos antes de tomarse la vida.

Cuando me dijeron que la hermana de Andrés Caicedo estaría en Colombia, específicamente en Zarzal, norte del Valle, no pude evitar sentir emoción y curiosidad de conocerla, porque al igual que en los conversatorios realizados por Marisol Garzón hablando del legado de su hermano Jaime Garzón, Rosario era quizás la única forma de poder estar cerca de quien, de una forma u otra, ha representado un momento importante en la historia colombiana y pues sucede igual que con muchos de los “grandes”, la única forma de conocerlos es a través de sus obras o mediante los relatos de familiares cercanos, quienes pudieron entenderlos, quienes vivieron momentos con ellos, quienes alcahuetearon diferentes instantes de sus vidas y quienes los acompañaron hasta el momento de partir, prematuramente,  de este mundo.

El viaje a Zarzal estaba planeado, duraría más de una hora, la cual utilicé para escuchar a Richie Ray & Bobby Cruz, Willy Colón  y Héctor Lavoe, claro, había hecho la tarea, el fin de semana leí “Que viva la música”, había conocido a la rubia, al miserable, a los marxistas, a los músicos extranjeros, recorrido “esa Cali”  y disfrutado al ritmo de la banda sonora, todo en busca de preguntas para realizarle a Rosario, que no fueran ¿por qué se suicidó Andrés?, ¿considera que su hermano es un mito para la literatura colombiana?, ¿cómo era vivir en la Cali de ese tiempo?, ¿Andrés se vio reflejado en los personajes y momentos?. Por esto la misión era escuchar cada palabra que ella expresara en busca de alguna que no hubiese sido ya mencionada durante estos cuarenta años de homenajes, recuerdos, libros, cartas, documentales y demás.

De una manera clara y sin titubear, Rosario, menciona que el hecho de ser la hermana de Andrés Caicedo fue por casualidad y suerte, ella nunca comprendió de donde Andrés había sacado el amor por los libros puesto que el código eclesiástico gobernaba en ese tiempo las bibliotecas, pero aun así, siempre lo escuchaba y lo animaba a continuar, como ha dicho siempre, era la única que le traducía las palabras; recordó que en la niñez Andrés solía preguntarle a sus padres sobre los tipos de árboles, los sembrados, los lugares y todo lo que le causaba curiosidad en los viajes que realizaban, para anotarlo en una libretica cuya información luego sería usada en varios cuentos y pasajes de “Qué viva la música”.

Desde que empecé a interesarme en la literatura y la escritura he escuchado muchas cosas sobre Andrés Caicedo, la más representativa era el hecho de afirmar que no había razón de vivir después de los veinticinco años, que antes de esa edad era el momento propicio para hacer de todo y que por eso se había suicidado, otros decían que no quería que la gente se diera cuenta de su forma poco heterosexual de vivir y eso lo llevó a tomar esta decisión. Hace poco un compañero, que es un seguidor infatigable, me dijo que una de las muchas razones fue el hecho de que sus amigos no le reconocieran el “excelente trabajo” en su novela y que por eso la frustración lo llevó a terminar con todo y, ahora, su hermana corroborando las anteriores, afirma que ese siempre será uno de los misterios de la humanidad.

Es claro pensar que en el siglo pasado, aunque aún hoy se percibe, el hecho de nacer varón trae de antemano muchas responsabilidades en la familia y la sociedad, puesto que será quien haga trascender el apellido, quien tendrá los hijos que heredaran los legados, que será el orgullo de la casa y esto, quizás, fue algo que siempre deprimió a Caicedo, –a muy temprana edad Andrés tenía claro que no cumpliría con los estándares que mis papás y la sociedad del momento tenían para el hombre de la casa y más por ser el varón sobreviviente de la familia– por eso durante su vida tuvo diferentes inconvenientes con su padre quien, de manera póstuma, decidió conocer a su hijo a través de sus escritos, libros y reseñas que posteriormente serían, con alguna censura, publicadas.

Al leer “La máscara de la muerte roja” y “El corazón delator”, cuentos de Edgar Allan Poe, se nota claramente que la frustración sobre la vida, los familiares y compañeros, además de la crítica hacia una sociedad que no hacía bien su papel, fueron influencias que acompañaron a Caicedo, esa incertidumbre, preocupación y sátira frente a la forma en que le tocó vivir y a la época de su trabajo, logró plasmarla en la novela.

Rosario comenta que para el autor de cuentos como “Cali calabozo” y “Los dientes de caperucita”, el hecho de que se negaran a publicarle sus obras era un constante desasosiego, al punto de que su madre decidiera patrocinarle la publicación de “El atravesado” obra en cuya carátula tiene un dibujo “pirata” que hizo él de su banda favorita “The Rolling Stones” y que a sus veinticuatro años fue la primera publicación física que no estuviera en periódicos o magazines. Esto le animó a continuar con su trabajo, su profesión, uno de sus amores, la escritura, que desde antes de los 15 años ya realizaba y que lo llevaría incluso a viajar a Estados Unidos con la intención de vender guiones de cine en Hollywood, puesto que el séptimo arte también hacía parte de su quehacer más predilecto junto al teatro, donde nacieron muchas de sus obras, entre ellas, las publicaciones de “Ojo al cine” que serían transformadas en libro por sus amigos.

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El trabajo de escribir nunca ha sido fácil y menos para los principiantes que no comprendemos el valor de la disciplina, esto es algo que se rescata en el trabajo de Andrés; desde muy temprana edad fue un lector y escritor empedernido que a duras penas si paraba de escribir en su máquina para comer o hablar con los demás y cuyo apodo de “Pepito Metralla” nunca le sobrara. Durante aproximadamente diez años Andrés se cuestionó la razón de su vida en una familia medianamente acomodada, el hecho de habitar la Cali de los 60`s, la llegada de la salsa a un sector cobijado por sonidos extranjeros y toda la desgracia que podría traer no poder obtener ese “algo” de la vida, de sus amigos, de la sociedad, del mundo.

De acuerdo a lo señalado por Rosario, el tiempo es el juez del arte que vale la pena y tal vez por esto, la obra de Caicedo aún se menciona después de cuarenta años, algo que no ha ocurrido con muchos autores revelación  y aunque es cierto que Andrés fue precursor en lo que se llamó “literatura urbana” su prematuro viaje al más allá, no permitió resaltar de mejor forma todas aquellas obras que fueron empezadas y nunca terminadas, todos los compromisos que quedaron en cartas al extranjero y toda la expectativa que dejaba intrigados a quienes conocían al lector voraz y escritor infatigable que fue y que aún hoy se recuerda aunque sea para criticar esa juventud desorientada que pretende cambiar el mundo.

SOBRE EL AUTOR

Texto:

Johan Andrés Rodríguez Lugo - Editor de El Rollo

Futuro Comunicador Social Periodista Universidad del Quindío

Tomar café, comer mucha pasta, la música, los libros, los viajes, cosas simples y también algunas complejas - “No es que una quiera es que toca, entonces tin”.

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Fotos:

Christian David Acuña Hincapié – Director de fotografía revista El Rollo

Comunicador Social Periodista Universidad del Quindío

Músico, fotógrafo y voleibolista rodillón - “Lo mío es la percusión”

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