Antes del libro

Una crónica sobre leer fotocopias

Las fotocopias han sido parte fundamental de mi formación académica, no recuerdo la primera fotocopia que tuve en mis manos, no es un dato que conserve, pero evidentemente desde que estaba en el colegio recuerdo siempre tener en las manos hojas de block blanco que eran la copia de la copia de la copia de la copia de otro texto. Gracias Carlson por tu invento. Gracias Gútemberg por empezar todo esto.

Haber tenido la oportunidad de leer las fotocopias de “Salvo mi corazón, todo está bien” el último libro de Héctor Abad Faciolince, ha sido una experiencia gratificante, aunque antes, en el mismo formato, haya leído “Pedro Páramo” de Juan Rulfo, la obra completa de Sveltana Alexievich, El Hambre de Martín Caparrós y otros tantos. La diferencia, entonces, era que esta vez el libro no existía y solo las copias decían la verdad, eran fotocopias originales. Como saben, la noticia era la visita de Héctor a Armenia para ser parte del evento Voces y Letras. Yo ya estaba planillado como moderador, pero aún no se tomaba la decisión del texto o los textos que íbamos a presentar. Como lo dije en el texto Presentar un libro, Juan me había dicho que preparara una conversación sobre la obra de Faciolince mientras la editorial nos confirmaba si por fechas alcanzaba a llegar el texto, al menos, a la librería Pensamiento Escrito. Pasaron dos semanas desde entonces, no teníamos alguna respuesta, así que empecé a leer mis anotaciones en los libros y a buscar en internet las reseñas y entrevistas. Me puse a hacer la tarea. Ese lunes de septiembre recibí la llamada de Juan que me dijo: - Chinito, cómo te parece que la editorial ya mandó el manuscrito, pegate la pasadita en la tarde y lo recoges -. Yo estaba feliz, no me importó en ese instante no poder tener el libro, estaba emocionado de tener la oportunidad de ser la primera persona en el Quindío y sus alrededores que iba a leer el último texto de Héctor Abad Faciolince. 

Es cotidiano pensar en fotocopias, ¿no?, si uno necesita un documento rápido o varios de los mismos, va a una fotocopiadora y saca las fotocopias que necesita, el fotocopiador se encarga de que todo salga igual, y más que hojas, son el retrato exacto de otra que cosa que ya es. Sin embargo, sabemos, las copias no son suficientes, sobre todo para el tema legal, luego de sacar la fotocopia hay que autenticarlas con un sello para certificar que, aunque sea una copia, es la copia oficial, original, la misma de lo que antes era el documento. Esto no pasa con los libros que, aunque impreso miles de veces, es un producto original por sus características editoriales, de diagramación y diseño. A simple vista podemos reconocer un libro original de uno “chiviado”. Sin embargo, le llamamos “la democratización del conocimiento” a la adquisición del mismo texto en formato fotocopias. Para los defensores de la propiedad intelectual y las editoriales, leer fotocopias es un sacrilegio, para quienes no pueden comprar la obra original un beneficio, la discusión sigue abierta. 

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Mamá tenía muchos libros, originales y “chiviados”, los atesoraba, los ordenaba por temas: historia, democracia, matemáticas, estadística, geografía; los guardaba con sigilo y cada año, los libros de talleres, eran actualizados para seguir aprendiendo sobre las nuevas formas de enseñanza. Los libros de historia, cuando los tuve en mis manos, ya estaban viejos, tenían leyendas y dedicatorias que no recuerdo, muchas obviamente no eran para ella porque la mayoría eran libros leídos que doña Blanca adquiría en el pasaje Yanuba de Armenia o que le regalaban sus estudiantes y amigos. Teníamos un cuarto lleno, literalmente, desde las mesas hasta el piso de libros, además de 2 estantes también completos, por ello al morir mamá donamos su biblioteca al colegio y las fotocopias, calculen, sirvieron para completar algunas cuentas. 

Cuando entré a la universidad solo me acompañaban mi folder y sus hojas, ya no estaba rodeado de libros y fotocopias; lapiceros y escuadras; cuadernos y carpetas. Ya no estaba en casa. Las copias entonces empezaron a llegar y mi biblioteca se empezó a llenar otra vez de hojas blancas que reflejaban lo que un libro decía. El pasaje Yanuba se volvió entonces mi lugar frecuente pues adquirir libros originales no era posible en ese momento, los libros que no podía sacar de la biblioteca o fotocopiar, se los compraba a los libreros que tenían de todo y para todos. Adquirí muy pronto la costumbre de rayar las hojas por los lados, resaltar las frases o palabras que me interesaban, comentar lo que leía, usar anotadores, separadores y esas cositas de colores que se ubican encima para regresar a cada página con información importante. Por ello no me incomodaba tener copias, finalmente las iba a rayar.

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El primer libro original que compré fue "Lacrónica" de Martín Caparrós, no pude no rayarla, realmente aún hoy es un texto al que regreso cada tanto a recordar cómo el bigotudo dice tantas cosas de maneras tan bellas. Luego vendrían otros: “Noche sin fortuna” de Andrés Caicedo; “Teoría de la Gravedad” de Leila Guerriero; “Hechos para contar” de Lorenzo Morales y Marta Ruiz, “¿Dónde está la Franja Amarilla?” De William Ospina, “Farenheit 451” de Ray Bradbury, “1984” de George Orwell, “Viaje al Interior de una Gota de Sangre” de Daniel Ferreira, y a la par de las compras, también llegaron obsequios, “El Az bajo la manga” de Daniel Samper Ospina, “Recordar es Morir” de Daniel Coronell y “Traiciones a la Memoria” de Héctor Abad Faciolince, porque claro, El Olvido que seremos y La Oculta los compré en el pasaje así que “no cuentan”. Comprar libros ha sido una costumbre desde que puedo comprar cosas, pero desde que decidí ahorrar más para comprar los originales “me llené de textos”, aunque lo sabemos, leer en Colombia es un privilegio que pocos tienen por costos y demás.

Llegué entonces a la librería y de la manera más práctica, Juan me pasó una bolsa blanca, de esas normales, en cuyo interior estaba un libro fotocopiado, de tapa transparente y contraportada negra, argollado, que decía en su cara “Salvo mi corazón, todo está bien” Héctor Abad Faciolince, tenía además una hoja blanca con la marca de agua PRHGE, pero no pequeña, grandísima, ocupando el centro de las hojas, de forma mimetizada para no incomodar la lectura pues también estaba en todas las hojas del libro. Juan y yo nos quedamos pensando por un instante qué significaba la sigla, hasta que caímos en cuenta que era PENGUIN RANDOM HOUSE GRUPO EDITORIAL, nos reímos por la obviedad y empezamos a pasar las hojas para admirar el libro, que aunque fuera la copia de la copia del libro original que ya se estaba imprimiendo, en este instante era la prueba de impresión previa a la edición final, que no es un dato menor, porque aunque fotocopias, eran las originales y las teníamos nosotros. 

Empecé a leer al día siguiente, salí de trabajar y me dirigí al café Coffe Brew que queda en el Parque Sucre, su dueño, me dijo que ese día tenía un café nuevo que sabía que me iba a gustar, yo le sonreí y me senté en el mueble que está al lado del mostrador, una poltrona negra que acompaña una mesa de madera, mientras preparaba el americano empecé la lectura. Como suelo hacer, primero tomo el libro, leo la primera hoja, luego leo la contra portada, que en este caso no existe pues al ser copias, lo que tiene es un cartón negro, chismoseé algunas cuantas hojas, descubrí de inmediato que en ciertas páginas había códigos QR, pero no me quise hacer spoiler, luego leí la dedicatoria: 

A Cecilia Faciolince, con el amor de un hijo descreído a su madre creyente.

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Luego observé los demás datos antes de iniciar la obertura que, para mi sorpresa, no fue corta. La descripción completa del libro la pueden leer en el texto "Salvo esta reseña, todo está bien" ...Leí las primeras 30 páginas de un tirón, hice algunas anotaciones y me alcancé a tomar dos americanos. Decidí descansar. 

Al día siguiente retomé, fueron varios días en que tuve que sacarles tiempo a mis ocupaciones para sentarme a leer: luego del almuerzo leía, antes de entrar a clase leía, si estaba esperando a alguien leía, cuando fui el fin de semana a visitar a Don Papá, le leí 3 apartes que me parecieron muy interesantes por su forma y quería ver su reacción. Se trataba de la parte en que el narrador relata el inicio de uno de los personajes en el seminario y las anécdotas homosexuales que tuvo. Claramente mi intención era incomodar a papá pues al ser un macho pecho peludo aún no trasciende estas fobias. 

Mientras leía las fotocopias recordé dos columnas que Héctor había escrito contando detalles sobre su salud cardiaca, pensé en un instante que quizás era un texto autobiográfico, pero sabía que, aunque lo fuera, iba mucho más allá. Descubrí una escritura diferente, nada parecida a “La Oculta” que es la novela anterior y mucho menos parecida a “Lo que fue presente” pues los diarios son las letras de un Héctor más joven y más existencialista. Esta escritura, por el contrario, es más reflexiva, lenta, descriptiva, anecdótica, con una clara muestra que tanto los personajes, el narrador, como quien escribió estaban conscientes que eran palabras y pasajes que narraban la muerte y la vida.  

Me encontré entonces con un Abad diferente, me sorprendió, cuando uno lee varios textos del mismo autor reconoce similitudes, el autor está en cada página y en cada forma, pero en este texto tardé en ver al Héctor que muchos conocemos y me encontré con otro que interpreté como el nuevo, porque sabemos, nadie queda igual luego de una cirugía a corazón abierto, y aunque la forma en que está escrita la novela no refleja las diferencias que menciono, me quedaba esa duda que luego fue certificada por el mismo Abad, pues mientras preparábamos la charla, me contó que no sabía si viviría para ver publicada la novela. 

Leí entonces cada página de estas fotocopias con mucha curia, despacio, tratando de encontrar las preguntas que debía hacerle en la presentación. Ser el primero en leer un libro tiene dos caras: Una es lograr comprender totalmente la obra y extraer esos detalles importantes y la otra es no entenderla a la primera y ser un lugar común en la conversación. Como mi ansiedad y paranoia me llevan a pensar siempre en el escenario más catastrófico, hubo varias páginas que me leí dos y tres veces para asegurarme que no dejaba datos sueltos o perdidos. 

El día de la presentación yo estaba emocionado, conocería a uno de mis escritores favoritos y además hablaría sobre su libro, ese era el instante de pasar del anonimato al desprestigio pues también era la primera vez que iba a presentar un libro ante tanta gente. Llegué temprano a la librería con la esperanza de conversar con Héctor previo a la charla. Jorge Mendoza y Christian Acuña llegaron puntuales y me escucharon decir las preguntas que yo escribí en una hoja. Ellos también entrevistarían a Héctor para este especial y las preguntas las habíamos preparado el día anterior. Aquí pueden escuchar la entrevista completa. 

Luego, empezó a llegar mucha gente que quería conocer a Abad. En un instante la librería estaba completamente llena. Héctor, con su amabilidad, trató de atender los halagos, abrazos y comentarios que le hacían. Cada tanto volteaba a verme y me hacía señas de que pronto se sentaría. Había puesto sus libros, la copa de vino y unas llaves en la mesa en la que yo estaba sentado. Las señoras estaban encantadas de verlo y los señores querían conversar de muchas cosas. Juan, en un instante y por cuestiones de tiempo, les pidió que por favor se retiraran pues a Héctor y a mí ya nos quedaban menos de 20 minutos para preparar la charla. 

  • Hola, Héctor, mucho gusto, es para mí un placer conocerlo en persona. 

  • Johan, el placer es mío, cómo estás. 

  • Bien, bien, muchas gracias, bueno, aquí tengo algunas preguntas…

  • No, no, no quiero que me las digas. Mejor comentáme las ideas.  

  • Vale, entonces resumiré más o menos la línea que tengo preparada. 

  • Claro que sí, pero veo que ese libro está como trajinadito – Señaló el libro “Lo que fue presente” que tenía en la mesa junto a Traiciones a la Memoria y El Olvido que seremos, ya saben, los originales porque qué pena. 

  • Ja, ja, ja, sí, sus diarios me acompañaron durante la pandemia, una lectura muy interesante. 

  • Ja, ja, ja, para eso es, aunque mi familia no lo ha leído. 

  • Entiendo.

  • Vale, cuéntame…

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Si tuvieran la oportunidad de hacerle una pregunta a uno de sus escritores favoritos ¿qué le preguntarían? Esa fue la duda que tuve durante semanas, además de la presentación, esos 15 minutos previos eran una oportunidad que no pronto se repetiría. Finalmente, no preparé “esa pregunta”, solo conversé con Héctor, le conté mi perspectiva de cada libro leído. Le conté que el capítulo de “El Olvido que seremos” en donde narra la muerte de su hermana me conmocionó. Le hablé de mi gusto por La Oculta como el reflejo del país y le dije, también, que había tenido que parar la lectura de “Traiciones a la memoria” cuando llegué a la parte en que narra el encuentro con el audio de su padre. Héctor me escuchó y me respondió asombrado cada pregunta o anécdota que le conté. Antes de volver al cuestionario, tomó el libro, ahora sí libro de “Salvo mi corazón, todo está bien” y puso su mano izquierda en la hoja de presentación mientras que con su mano derecha trazaba el croquis de sus dedos y me dijo: - Esto lo hago con las personas más cercanas y aquellas a quien aprecio. Gracias por tu lectura.

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La charla con Héctor, finalmente, fue un espacio sinigual. Desde el inicio el humor y la tranquilidad hicieron muy ameno el encuentro, la gente estaba feliz de verlo por primera vez después de tantos años en Armenia. El auditorio estaba lleno, se habilitó otro piso con conexión en vivo que también se completó al punto que mucha gente se quedó por fuera de los auditorios y del edificio. La charla duró una hora y media. Escuchamos declamar a Héctor. Escuchamos a la gente admirar su obra y su trabajo, escuchamos a don Álvaro Pareja narrar una anécdota con don Héctor Abad Gómez y entregarle una postal, escuchamos los aplausos, muchos aplausos, sonoros aplausos, al inicio, al intermedio, en algunos chistes y al final. Fue, como todos, un gran Voces y Letras. 

Me quedó el sin sabor de no poder asistir a la cena que los organizadores tenían planeada. Luego de la charla debía cumplir mi horario laboral, así que esperé que Héctor firmara y saludara a un gran número de personas que querían verlo, abrazarlo y firmar sus textos. Agradezco enormemente y nuevamente a Juan, el librero de Pensamiento Escrito quien me dio la oportunidad de realizar esta charla, al sello editorial Alfaguara que confió en que no íbamos a piratear el libro y nos envió las fotocopias para poder tener de qué hablar, a los organizadores y patrocinadores de Voces y Letras y, por supuesto, a todos los asistentes que demuestran, con cada evento, que en Armenia y el Quindío hay una necesidad literaria latente y que estos eventos se deben seguir haciendo, patrocinando y gestionando para tener una cultura literaria más grande. Tenemos con qué.

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Texto:

Johan Andrés Rodríguez Lugo

Director de la Revista El Rollo

Fotos:

Santiago Meza

Fotógrafo Revista El Rollo