Salvo esta reseña, todo está bien

La última novela de Héctor Abad Faciolince narra la vida de un cura a punto de morir. Al Gordo, como le decían, le habían diagnosticado problemas cardiacos y debía esperar un corazón bueno para hacer el trasplante. Eran los años 70 y la tecnología aún no había diseñado un prototipo que aguantara el paso de la sangre mientras un nuevo corazón tomaba lugar. Así que la novela inicia con el trasteo de Luis, el padre moribundo, a una casa de un solo piso en donde dos mujeres y tres niños lo acompañarían hasta el final de una novela que narra el amor, el recuerdo, la amistad, la angustia, la espera, la paciencia, el enamoramiento y todas esas cosas que haríamos por un ser querido que está en etapa terminal. 

El título “Salvo mi corazón, todo está bien” es una parte del poema… que aparece en el texto en uno de los fragmentos en que el padre, un intelectual, amante del arte, del cine y, descubrimos, de las mujeres, le presenta a Darlis, la mujer que colabora con los servicios domésticos de la nueva casa que el Gordo habita mientras espera su corazón. Durante la lectura encontramos la forma como día a día, plato a plato, masaje a masaje, estos dos personajes encuentran similitudes y coincidencias en sus formas y se van enamorando. Pero a la vez, esta casa es de Teresa, la mujer que cuidó, conversó, acompañó y procuró que los días de Luis fueran diferentes a lo acostumbrado, quería que su corazón se mantuviera calmo y pudiera resistir hasta el día del trasplante. Teresa es “la patrona” de Darlis, y como ella, empezó a sentir cosas por el padre y el padre, con lo amoroso, tierno, dedicado, atento, caballero y bohemio, empezó a sentir cosas por ambas mujeres. Dice el narrador que finalmente el padre se enamora del cuerpo de Darlis y del espíritu de Teresa. Incluso, vemos algunos pasajes en donde ambas se pelean por la atención de Luis. Un padre bueno a fin de cuentas de quien Héctor Abad quiso narrar, no solo para hacerle una novela a su madre sino también para revivir el recuerdo de Luis Alberto Álvarez en quien se basa en gran porcentaje el personaje del Gordo. 

Esta historia es narrada por el mejor amigo de Luis, Lelo, quien estuvo a su lado durante el seminario y con quien compartió la casa que durante años fue el lugar en que los padres y algunos diáconos habitaron con la intención de cuidar la herencia familiar del Gordo. El narrador relata que la casa era otro seminario, pero además era un lugar de silencio, de amor, de estudio; una sala de cine y una academia para todos los que conocían al padre Luis pues gracias a sus formas fue un representante de la cultura antioqueña y un referente en las artes como el cine y la literatura. Hay algunas anécdotas sobre los problemas que tuvo gracias a las columnas que escribía sagradamente en el periódico El Colombiano, e incluso, amenazas de muerte y envidias por parte de los mismos cardenales, del obispo y de personas que no veían con buenos ojos a un padre tan fuera de la tradición. Y ni qué decir de Lelo, quien, durante el relato, también nos narra su vida, sus angustias y sus recuerdos del seminario cuando conoció el amor de la mano de uno de sus compañeros y luego se enteró que era normal la homosexualidad en los padres, aunque esto se ocultara de maneras casi conspirativas. 

El libro entonces es el retrato de la espera. Es, también, la mirada del recuerdo de uno de los grandes amigos que quiso conservar cada detalle y cada anécdota de una de las personas más significativas (el dato es real) de Medellín. Víctor Gaviria aparece en ciertas partes acompañando las presentaciones de cine que hacía el padre Luis, el verdadero, en su casa y en los cineclubs a donde lo invitaban. El texto tiene 3 narradores, y no es un dato menor, pues en un inicio pareciera que es Lelo quien narra, luego, se rompe la cuarta pared pues el mismo narrador nos conversa sobre su vida y al final, encontramos, que el “resultado” es la compilación que Joaquín, el otro amigo de Lelo y Luis, hace de los fragmentos que recupera de todo lo escrito por Lelo en las noches posteriores a la muerte del Gordo. Héctor, confiesa, que durante la escritura no tenía claro el narrador y, aunque la novela es una apuesta interesante, para quien escribe esta reseña fue interesante descubrir la forma en que los recuerdos y la necesidad de narrarlos se combinan para entregar al lector una historia completamente holística en donde a pesar de tener un protagonista uno se empieza a encariñar con los demás personajes.

“Salvo mi corazón, todo está bien” es el resultado, además, de una beca que se gana Abad por parte de La Casa Estudio Cien Años de Soledad, en Ciudad de México y la Fundación para las Letras Mexicanas quienes permitieron que algunos fragmentos de esta novela fueran escritos en la habitación misma en que habitaron Gabriel García Márquez y Mercedes durante la composición del texto que haría nobel al nobel de literatura colombiano y al narrador de historias más importante que tenemos en Colombia. 

Esta novela cuenta con una banda sonora que se encuentra en códigos QR los cuáles nos transportan a tonalidades clásicas que fueron el gusto del padre Luis y del mismo Héctor, pues, recuerden, gracias a la Clínica Cardiovascular de Medellín (hoy conocida como Cardio VID), en donde le realizaron una intervención a corazón abierto, de la cuál salió renovado, es que Faciolince pudo culminar la escritura y entregarnos un texto sobre la vida, la muerte y la resurrección, que además, intenta, ser un retraso del olvido que seremos todos cuando la hora nos llegue finalmente. 

Texto: 

Johan Andrés Rodríguez Lugo

Director Revista El Rollo