UNA TROCHA HACIA EL DESCANSO ETERNO

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Roberto Hurtado, un viejo acomodado y reconocido magnate azucarero del Valle del Cauca, cayó en desgracia al sufrir una penosa enfermedad que obligaba a constantes transfusiones de sangre para conservar su vida.

Postrado en una cama y a merced de lo que su hijo Adolfo pudiera suministrarle, Roberto lucía pálido, ojeroso, maltratado y cadavérico. Una vida miserable que impedía que el empresario desarrollara cualquier tipo de actividad.

La manera de sobrevivir del viejo rayaba en lo oscuro y lo vampírico, tres trabajadores de la familia secuestraban jóvenes, blancos, para desangrarlos y prolongar la vida de su servidor. Después de un revuelo y una pelea padre e hijo, Adolfo alteró una muestra de sangre con una bolsa no apta para transfusión y mató a su papá.

Años después, la tumba de Roberto sería lugar de peregrinación de miles de caleños, que con fe visitaban al “fina’o” para pedir favores. Todo esto, en el contexto colombiano, no sería descabellado a no ser por la aclaración que hace Luís Ospina, director de la película Pura Sangre, la historia nació de su primera experiencia al ver un muerto que, decían las malas lenguas, fue asesinado por el monstruo de los mangones, era la Cali de los sesenta.

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Una extraña manía por mostrar la muerte

Abarrotados de gente están los parques, los andenes, los centros comerciales, las plazas de mercado, pero…

¿Y los cementerios?

¿Qué lugar ocupa ese espacio donde reposa parte de la historia de un pueblo?

Muchos temen ir, otros no quieren llegar. Los cementerios son la viva voz de la tradición e idiosincrasia de un poblado. Conservan las costumbres de lugareños que,  en su afán de tributar a un ser querido (o un desconocido), dejan ofrendas a cambio de favores o milagros. En Puerto Berrío Antioquia adoptan N.N. Los cuidan y cuando las ánimas cumplen sus peticiones, hasta los bautizan. En Medellín, capital del mismo departamento, el cementerio de San Pedro es un lugar de visita casi obligatoria para los turistas, van a ver sus vistosos mausoleos y reconocidas tumbas. En Circasia, está el lugar predilecto para los muertos que predicaron la libertad en vida, el Cementerio Libre.

A toche llegué y cuando lo vi pensé: Si Stephen King  hubiera viajado a Colombia y visitado este pequeño poblado perteneciente a Ibagué, ubicado entre el Quindío y el Tolima, tal vez, de manera muy atrevida, afirmaría que se inspiró en este lugar para escribir Pet Sematary. Su cementerio resulta inquietante.

Saliendo por el gran marco que anuncia el camino hacía Salento y avanzando unos cuántos metros, hay un puente colgante, cruzarlo despierta un poco de adrenalina. Subir una trocha con una pendiente estrecha, trece curvas mal contadas, además de polvorienta por el intenso verano, altera el pulso. Finalmente, al llegar a un camino llano de unos 100 metros a nuestra izquierda, brotan de la tierra tal vez una centena de cruces mohosas y viejas. Bienvenidos, estamos en el cementerio de Toche.

En él, a simple vista, no hay un Roberto Hurtado. No hay romerías llevando ofrendas para pedir o pagar favores. No hay famosos ni ilustres abolengos. De hecho, las flores brillan por su ausencia. El único rezo que se manifiesta es el del viento chocando contra las ramas de los árboles y la maleza. No hay ángeles guardianes resguardando a sus difuntos. Hay tanto silencio en el lugar que esa tranquilidad, después de un rato, comienza a inquietar.

Los mausoleos que se rehúsan a caer albergan, entre muchos lugareños, los restos de Tránsito y Críspulo, Luís y José, todos de apellido Valencia. Igualmente, la evidencia del último muerto que se enterró en el cementerio de Toche se comienza a marchitar, un arreglo floral que adorna la tumba de don Leopoldo Rueda, arriero fallecido el pasado mes de agosto.

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¡Opa! Se fue don Polo, el señor que mejor sabía arriar en Toche.

Cuentan que vivió solo, que se pegaba tremendos viajes con sus mulas, ya fuera para trabajar o para participar de los concursos de Arriería de Salento, Filandia u otro municipio. A donde llegaba saludaba con un ¡opa! Su vida era arriar, arriar y arriar. Así recuerda Estader, la enfermera y muchos tochunos más a este viejo amigo procedente de Rovira.

Dicen las voces cercanas que por terco tardó mucho en darse cuenta de la grave enfermedad que padecía, de manera contraria fue su partida, pues cuando volvió a Toche, no duró más de dos días. También, algunos comentan que luego de haber dejado este plano terrenal, su hermano vino y vendió su más preciada pertenencia, las mulas, las fieles compañeras que lo acompañaban en las rutas.

La casa que edificó con el esfuerzo de sus fletes está aún vigente, luce un poco descuidada, pero es el referente incluso para quienes van a este poblado entre montañas a visitar su gente. “El Arriero del Mural” es una historia que hoy se mantiene.

A pesar de su independencia, de su soledad, pues no tuvo descendencia, Polo era querido por todos. Tal vez por eso, tres meses después de su muerte, Pacífico, Edilma y su hijo, el mismísimo Estader y otros amigos más, fabricaron la cruz que el fallecido  merecía, suceso del cual tuve la fortuna de ser testigo, dos listones de madera, que incluso llevan mi letra.

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De regreso a la ladera.

Pasadas las 10 am del 17 de noviembre volví a subir la trocha, esta vez un poco pantanosa, a mi lado iban Martha y Jorge Hernán, dos integrantes de la mesa ciudadana de Salento – Quindío que había conocido minutos antes. Al llegar, estaban casi todos, faltaba solo Edilma por bajar. Entramos al cementerio, Pacífico con su azadón desyerbó la tumba, se retiró la corona que se marchitó, la que acompañó al difunto desde el día de su sepelio, 16 de agosto de 2019. Se hizo un hueco y se instaló, no sin antes marcar con su nombre y fecha de fallecimiento, la cruz de madera.

Martha tomó el libro santo, Edilma enredó entre sus manos el Rosario, quien me conoce sabe que no soy seguidor de ninguna religión, pero el respeto a don Polo hizo quedarme.  Misterio uno… Misterio dos… Martha se enredó, Edilma la aterrizó. Uno a uno se fue develando el resto de misterios, el Rosario terminó, al alma de don Polo se tributó.

Eran las 11:30 am y después de hora y media pretendíamos tomar trocha abajo para regresar al caserío, Edilma nos “atajó” y la amplitud que caracteriza al campesino apareció. Envuelto en hojas recibimos nuestro almuerzo. Arroz, pollo, papas y jugo de tomate de árbol. Seguramente, no contaban con tres bocas más pues Martha, Jorge Hernán y yo fuimos invitados a última hora, pero como reza el dicho que tanto escuché en mi hogar… “donde come uno, comen dos y hasta tres”.

Dejamos atrás a los amigos de Leopoldo Rueda, Polito, era hora de regresar. Bajamos satisfechos de haber presenciado el noble detalle de ellos con el arriero del mural. La cita ahora era en la feria radial, el sancocho con los tochunos no podía esperar más. No conocí a don Polo en vida pero las personas no se olvidan, tal vez, cuando vuelva a Toche, suba la trocha una vez más.

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Volviendo a la Necrópolis

La cruz latina, como en otras necrópolis del país, es el factor común de la identidad de una tumba. Ahondar en el tema resultaría dispendioso, así que el estudio del origen y significado de este símbolo lo dejo para una próxima ocasión. No obstante, basta con consultar sobre los tipos de cruz para darse cuenta que en Toche y su cementerio, se identifican la celta, la bizantina y otras más.

¿Será suficiente penitencia subir un féretro por la ruta antes mencionada que la gente ya no sube a rezar? O por lo menos, en el tiempo que estuvimos, no vimos un solo doliente llegar. Toche es magia, el poblado abrió sus puertas al turismo y, al igual que sus sitios turísticos, el cementerio es un lugar obligatorio para ir a visitar.

Christian David Acuña Hincapié

Director de Fotografía

Comunicador Social Periodista/Universidad del Quindío.

Músico, fotógrafo y voleibolista rodillón.

"Lo mío es la percusión”