Los Ángeles de Corea

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 “Sabe usted que el único amor que dura para toda la vida, que nunca se rompe y que siempre va a estar con uno es el amor a la patria, a la bandera, la nación, al Ejército… Eso es algo que nunca se olvida y siempre se hace hasta lo imposible por defenderlo, no importa si toca irse lejos, dejar la familia o pasar necesidades, la fidelidad siempre está ahí así tenga cien años…”

 

Un hombre atractivo, disciplinado, fuerte, hábil para la mecánica, estricto, fornido y muy ágil con las armas, así recuerdan a su padre las hijas de Enrique Malambo Arciniegas, un excombatiente del Ejército colombiano que en el año de 1950 defendió su bandera en la guerra de Corea. Sin embargo, los años ya se habían llevado algunas de sus cualidades cuando lo visité. Concentrado, parsimonioso, callado, estático, con la mirada fija en la televisión y sosteniendo un periódico con un crucigrama a medio llenar se encontraba Enrique la primera, y última, vez que lo vi.

A simple vista era un hombre de avanzada edad, cabello blanco, contextura ancha y baja estatura, pero aún conservaba un porte y seriedad impactantes. Su mirada se mantenía profunda. Su voz sonaba entrecortada. Sentado en su sala, frente a la televisión, pasaba sus días disfrutando de los partidos del Junior, su equipo del alma, o completando crucigramas en los periódicos semanales, algo en lo que era experto.  

Me dispuse a tomar asiento. Su gesto seguía interrumpible. No pude disimular la curiosidad y observé detalle por detalle de su sala. Colgados de la pared se encontraban dos cuadros de la Virgen y en una de sus mesas La Biblia. Pero mis ojos se quedaron clavados en una fotografía a blanco y negro que se encontraba justo al lado de su silla. Es en ese instante que su gesto cambia por primera vez. “¿Sigo igual de pintoso no?” pregunta Enrique con tono jocoso. A lo que respondí con otra pregunta

  • ¿Esa fotografía en dónde fue tomada?

  • “Eso es en Corea, en la guarnición de Pusan”

  • ¿Qué edad tenía en esa foto?

  • “19 años…”

Pusan, actualmente llamada Busan, es una ciudad de Corea del Sur, la cual fue clave durante la denominada Guerra de Corea. En su perímetro, de 225 kilómetros, ingresaron tropas del Ejército norcoreano, lo que dio como resultado la Batalla del Perímetro de Pusan en agosto de 1950.

Habían pasado 15 minutos, cuando escucho a una mujer gritar: “Papá, ¿ya le ofreció algo al invitado?” Se trataba de Sandra Patricia Malambo, la menor de sus hijas. “Prepárese un jugo de mango mija...” responde Enrique con esfuerzo. Mientras conversaban padre e hija, reflexiono sobre el hecho de tener 19 años e irse a una guerra, lo cual es muestra de ese amor que nace, desde temprana edad, en los militares por el Ejército y su patria.

  • ¿A qué edad comienza usted en el Ejército?

  • “A los 19, eso fue alistarse y de una para la prueba de fuego (…) Nací en Líbano, Tolima y siempre fui humilde y trabajador, pero mi padre me dio la vocación porque él era Sargento de la Policía del Tolima…”

  • ¿Cuál era la prueba de fuego?

  • “La Guerra de Corea” – dice contundente.

 

La Guerra de Corea fue un conflicto armado que se desarrolló durante los años 1950 – 1953. Enfrentó a la República Popular Democrática de Corea (actual Corea del Norte), apoyada por China y la Unión Soviética, y a la República de Corea (actual Corea del Sur), apoyada por Estados Unidos. El enfrentamiento se originó luego de varios intentos fallidos por parte de los norcoreanos para reunificar Corea. Al no lograrlo, Corea del Norte, comunista y en manos de Kim II Sung, invadió Corea del Sur, capitalista y en manos de Syngman Rhee, en un intento de tomar el territorio por la fuerza. El presidente estadounidense Harry Truman, con el fin de evitar la expansión del comunismo y eliminarlo, envió una petición a la ONU para replicar los ataques. De esta manera nace un conflicto que tomaría 3 años. Dicha guerra tuvo como consecuencia la rivalidad de las dos partes que se mantiene hasta la actualidad.

Sandra nos trae dos vasos con jugo de mango. Los coloca sobre la mesa de centro y se retira sin pronunciar palabra alguna. Enrique me mira fijamente y dice: “Este jugo es casi tan bueno como el que yo preparaba” y se ríe. Mi curiosidad iba en aumento.

  • ¿Cómo toma usted la noticia de ser enviado a la guerra tan joven?

  • “Es algo que uno no piensa, solamente lo asume. No es que yo pudiera decidir si iba o no, simplemente me tocaba por fidelidad…”

  • ¿El viaje cómo fue?

  • “Nos empacaron en un buque en Cartagena, con 5.100 soldados más”

  • ¿Las condiciones eran buenas?

  • “No me puedo quejar, había buena comida, buen ambiente, disciplina, amigos…”

 

Durante el trayecto a Corea, visitaron países como Panamá, México, Estados Unidos y las islas de Hawái cerca a Pearl Harbor. En cada una de sus escalas, les otorgaban un día para visitar la zona y, además, reclutaban nuevos soldados para llevar a la guerra. Fue precisamente en la visita a Estados Unidos en donde conoció a su mejor amigo de viaje, Adam Sandford, un Sargento de la Fuerza Aérea estadounidense.
 

  • ¿Cómo fue la relación con Sandford?

  • “Era mi amigo, de los fieles. Me enseñó a hablar el inglés (…) Me acuerdo mucho de las primeras palabras como army o ceasefire…”

  • ¿Viajaron juntos a Corea?

  • “Si, llegamos juntos”

  • ¿Cuánto tardó el viaje?

  • “Fueron 6 meses”
     

Nos habíamos acabado los jugos. Enrique llama a su hija y encarga otros dos vasos con jugo de mango, pero, esta vez, el suyo sin azúcar.

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  • ¿Cómo fue su llegada a Corea?

  • “Nos recibieron muy bien, organizamos un batallón móvil en Pusan”

  • ¿Aún estaba con soldados colombianos?

  • “No, nos separaron en pelotones de 30 a 40 soldados de diferentes naciones…”
     

De repente, como si le hubiera llegado un instante de inspiración, detiene su relato y afirma: “Las condiciones climáticas de Corea eran extremas”
 

  • ¿Qué tan extremas?

  • “Cuando hacía calor, era un calor que parecía el infierno, pero cuando hacía frío uno se congelaba hasta el último pelo…”

  • ¿Las estaciones afectaban su desempeño?

  • “Nos aplicaban una inyección para aclimatar el cuerpo y listo”
     

En el año de 1950, en Corea del Sur, se desarrollaron una serie de conspiraciones en contra de su presidente Syngman Rhee, acusado de dictador. Esto, sumado al ataque norcoreano, propició una crisis social y una serie de asesinatos y actos violentos en Corea del Sur, lo cual terminó en una guerra civil. Ante esta situación, Estados Unidos decidió recurrir al Consejo de Seguridad de la ONU para hacer frente a los ataques. Finalmente, con la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU, el país norteamericano logró solventar un poco los ataques.
 

Poco a poco se hacía tarde. Sandra se acerca y me dice en voz baja: “si quieres puedes venir el fin de semana”. Interpreté que debía marcharme y así lo hice. Sin embargo, antes de irme le hice algunas preguntas a Sandra
 

  • ¿Qué características cree usted que hicieron que su padre fuera llevado a la guerra de Corea?

  • “La inteligencia, él era muy inteligente” – dice Sandra

  • ¿Qué carrera estudió el?

  • “Papá es ingeniero automotriz”

  • ¿En dónde estudió?

  • “En la Universidad del Tolima…”
     

Me levanté del asiento y me despedí de Enrique. Le propuse visitarlo el sábado a lo que me respondió levantando el dedo pulgar de su mano derecha. Sin saber lo que el destino le deparaba, salí de su vivienda con la cita agendada.
 

Enrique Malambo Arciniegas había sido tan solo uno de los 1081 soldados que envió Colombia a la guerra de Corea. Estos soldados conformaron el conocido Batallón Colombia. En el año 1950, el presidente colombiano era el periodista, ingeniero y político conservador Laureano Gómez. Al notificarse sobre la petición de los Estados Unidos de enviar provisiones y armamento a la guerra, Gómez se preocupó, pues en ese momento Colombia no tenía dichos recursos, por lo cual tuvo que ingeniárselas para aportar a la guerra. Laureano decidió que su ayuda sería enviar 1081 soldados en batallón para Corea. Para entonces, participar en dicho conflicto podría significar la consagración para un soldado.
 

Y fue así, en medio de la ilusión de convertirse en héroes, que unidades militares se presentaron para combatir. Uno de ellos, al igual que Enrique Malambo, fue Jesús María Rivera Llanos, un veterano de 90 años que en el año 1951 se desempañaba como corneta en el Ejército. Enrique y Jesús María compartían algunas cosas en común: ambos habían sido enviados a Corea a los 19 años, pertenecieron al primer grupo de soldados colombianos enviados a combate, no sufrieron lesiones graves y regresaron convertidos en héroes. Sin embargo, nunca se conocieron. Actualmente retirado como sargento mayor, decido visitar a Jesús en su apartamento en Ibagué.
 

Vestía una boina roja, camisa color beige, pantalón ancho gris, zapatos negros y unas gafas de marco grande. A sus noventa años, aún se mantenía conversador y con buen sentido del humor. Sin embargo, tenía problemas auditivos.
 

  • Buenas tardes señor Jesús, mucho gusto…

  • “Buenas, ¿es usted el periodista?” – dice alzando la voz

  • Sí señor, vengo a conversar con usted.

  • “¿Cómo dijo?”

  • ¡Vengo a conversar con usted! – le respondo casi gritando.
     

Al percatarme de sus problemas auditivos, pude darme cuenta que no sería nada fácil conversar con él. Por esto, decido entrar en tema rápidamente
 

  • Tengo entendido que usted estuvo en la guerra de Corea

  • “Sí señor”

  • ¿Cómo es convocado usted a la guerra?

  • “Yo ingreso al Ejército en el año 1947. A mí no me convocaron a la guerra, yo me presenté (…) En esa época yo era corneta, pero no había bacante de corneta para la guerra, entonces fui como soldado…”
     

El 11 de mayo de 1951, el Batallón Colombia emprendió su viaje hacia Corea. Fueron despedidos en la Plaza de Bolívar de Bogotá a las 6 de la tarde. El presidente estuvo presente para despedirlos, prometiéndoles altos cargos públicos como recompensa al regresar. Sin embargo, para Jesús María, las intenciones presidenciales eran otras: “Laureano Gómez había escogido a todos los soldados liberales para que nos pasaran al papayo" (expresión utilizada para hacer referencia a matar a una persona o desaparecerla) – exclama Jesús con convicción.
 

  • ¿Usted siempre fue liberal?

  • “Yo nunca he sabido nada de política, no soy ni liberal ni conservador. Lo que pasa es que yo mantenía con liberales y pasé por liberal…”
     

En ese momento, Jesús María hace énfasis en el hecho de que el presidente de ese momento en Colombia era conservador. Esto hizo que enviara liberales al combate con el fin de acabar con ellos, pues la probabilidad de regreso era baja. Además de esto, les prometió una mejor vida al regreso, cosa que nunca cumplió: “…el presidente era muy cínico, nos dijo que al regreso tendríamos los mejores puestos públicos (…) ¿Cuáles puestos públicos? Nos mandaba era para que nos mataran…” – Dice Jesús en tono agresivo.
 

Ninguna de esas promesas les fue cumplida cuando regresaron. Incluso, parte de las ganancias económicas que les dejó el enfrentamiento en Corea nunca fueron vistas. Esto me hizo reflexionar un poco sobre lo injusto que puede resultar el combate, en especial con quienes conllevan una mayor importancia, los encargados de llevarlo a cabo y realizar el trabajo: los soldados.
 

Una vez terminado el discurso presidencial de despedida, los soldados destinados a proclamarse en Corea -se trataba de una convocatoria de 1081 hombres, entre oficiales, suboficiales y soldados- tomaron un tren con rumbo a Ibagué. A las cinco de la mañana pisaron suelo ibaguereño. Recibieron un desayuno, compuesto de carne de cerdo, arroz y papa, en el Batallón Rooke. Una vez desayunaron, volvieron a viajar en tren, pero esta vez con rumbo a Armenia, Quindío. Un último viaje en tren los dejaría en el puerto de Buenaventura, donde los esperaba el barco americano Aiken Victory con transporte para 5000 unidades.
 

  • ¿Realizaron alguna parada en el camino?

  • “Sí, llegamos a Hawái”

  • ¿Cómo fue su paso por Hawái?

  • “…nos dieron lo que quisimos, recorrimos Hawái en bus y luego volvimos al barco para ir directamente a Corea…”
     

La aventura para el Batallón Colombia había comenzado. A diferencia de Enrique, el grupo de soldados en el que viajaba Jesús María zarpó desde Buenaventura, el viaje tuvo solo una parada, en Hawái, y viajaron directo a Corea. Únicamente coincidieron en su paso cerca de Pearl Harbor y, por supuesto, su lugar de destino.

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Desembarcaron en Pusan, ciudad portuaria de Corea del Sur. Su bienvenida fue encontrarse directamente con la realidad. Al desembarcar, observaron algunos vagones de tren abiertos. En su interior, llevaban soldados muertos y heridos, con las entrañas a flor de piel. Tan solo con presenciar esto, varios de los combatientes enloquecieron y sufrieron ataques nerviosos. Supuse que Jesús María tuvo que ser muy fuerte para soportar. Le pregunté
 

  • ¿Cómo hizo usted para controlar las emociones?

  • Hay que ser duro de la mente (…) Se escuchan aviones bombardeando, morteros que caen a lado y lado, bombas encima de uno y heridos por montones…”

  • ¿A los heridos los atendían?

  • “No señor, si hay un herido, sale del combate, si muere, sale del combate, si se enferma, sale del combate, si se enloquece, sale del combate. Es aterrador y la gente se vuelve loca…”
     

En ese momento, una de sus hijas nos trae un bocado de chorizo con papa. Jesús María lo come despacio y con paciencia, como si fuera el último bocado del día y debe disfrutarlo al máximo. Termina de comer y me pregunta: “¿Algo más que desee saber joven?”.
 

Tras su llegada a Púsan, el batallón fue dividido en grupos de nueve soldados. Cada uno tenía un jefe de escuadra al mando. Jesús perteneció al bloque A. A pesar de ir como soldado, fue ascendido rápidamente, pues su jefe de escuadra inmediato fue herido en combate tras la primera toma de objetivo que realizaron. Ante la dificultad, Jesús María Rivera tomó el cargo de comandante de escuadra y así continuó durante toda la ofensiva. Todos los nueve soldados fracasaron en combate, menos él. Todos los heridos, muertos o locos eran reemplazados.
 

  • ¿No podían socorrer a sus compañeros heridos?

  • “Si nos quedábamos ayudando a los compañeros, nos pelaban también (…) Es un dilema psicológico grande, ver a los compañeros morir en frente…”
     

Recordé un poco lo que sucede en los videojuegos. Una vez hieren a un compañero nos dan la posibilidad de reanimarlo. Dejar que muriera era la peor de las traiciones. Aunque solamente era un juego, el gesto de dejarlo fallecer pesaba en mi conciencia. Ahora bien, tener que pasar por esta situación en la realidad, no poder ayudar al compañero y verlo agonizante frente a nosotros, es una situación para los guerreros.

Una de las cosas que caracterizó a Jesús como soldado, fue lo táctico. En alguna ocasión, se encontraban en la división 24 del ejército americano cuando se percató de algo inusual. Le advirtió a su comandante de pelotón -este era un rango superior al de comandante de escuadra- que el enemigo los tenía observados. Les advirtió que pronto, una lluvia de morteros caería sobre ellos. Sin embargo, el comandante de pelotón no le prestó atención. En poco menos de 30 segundos, los morteros habían borrado todo a su paso. Jesús María se salvó.
 

Colombia participaba a favor de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Sin embargo, otros países como España, Reino Unido, Italia, Países Bajos, Francia e incluso Japón, hicieron parte del grupo de países de las Naciones Unidas. Fueron 28 países en total los enviados por la ONU. “El Campo de Nadie”, uno de los territorios más representativos de la guerra, era patrullado por tropas de las Naciones Unidas, y fue testigo de las batallas entre los países de la ONU y los chinos, con apoyo de los mongoles.

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El idioma fue otro de los retos que enfrentó Jesús María en Corea. No dudé en preguntarle sobre su relación con los demás soldados de otras naciones
 

  • ¿En qué idiomas se comunicaba usted con otros soldados?

  • “…al final de la guerra salí hablando Inglés, pero inglés comercial. Es decir, uno dice las cosas como las oye hablar (…) Por ejemplo yo decía: i like music for you and me… yo quiero música para usted y para mí” –dice Jesús con acento golpeado

  • ¿Y aprendió coreano?

  • “Si, aún recuerdo el saludo: eotteohgse jinae (어떻게 지내 ) significa cómo está usted…”
     

Logro recordar lo que me decía Enrique Malambo sobre los climas extremos en Corea. Jesús María los recuerda igual. En tiempos de invierno, se refugiaban en carpas de gran tamaño. Dormían en colchones denominados Sleeping Bed. Debido a las bajas temperaturas, el hielo se adhería a la piel. Cuando se peinaban, salía hielo. Los soldados tuvieron que afrontar las cuatro estaciones: invierno, primavera, verano y otoño. Fue precisamente en un crudo invierno, cuando Jesús conoció a un paisano[1] suyo: “Recuerdo que el comandante del batallón había pasado a ser el teniente coronel Jaime Polania, un paisano mío (…) lo conocí en pleno combate…” –Dice Jesús María
 

Se les había encargado la misión de reconocer un poblado. Jesús como comandante de escuadra. Jaime Polania como comandante de batallón. Rivera advirtió la presencia de dos zanjas de arrastre, ya que podrían ser utilizadas para descender tropas chinas. Al igual que en el bloque americano, no le prestaron atención: “…según el teniente, los chinos ya se habían ido…”-recuerda Jesús. En el poblado ya no había personas. Sin embargo, los chinos estaban ocultos en trincheras. Dispararon inmediatamente a traición, pues la escuadra se encontraba desprevenida. Murieron un Suboficial y un Cabo Primero. Otros soldados terminaron heridos.

 

[1] Persona que proviene del mismo país o lugar de origen.

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…yo me salvé de milagro…” –a dicho siempre Jesús. A pesar de su afirmación, es fácil darse cuenta de que su olfato para el combate y mente táctica ayudaron mucho a que se diera ese milagro. Muchos de sus compañeros fracasaron en combate por ingenuos. Él siempre prevenido, adelantándose al enemigo, desconfiando hasta de su sombra logró volver un año y nueve meses más tarde.
 

  • ¿Cómo fue su regreso de la guerra?

  • “…mi batallón fue relevado un año y nueve meses después (…) llevaron un batallón administrativo después…”

  • ¿Y su bienvenida a Colombia?

  • “…para los norteamericanos, nosotros somos héroes. Volví con 17 dólares en el bolsillo (…) otra plata que nos dieron fueron los equivalentes a 59 meses de estudio en dólares. Esa plata se la robó Gustavo Rojas Pinilla…”
     

El 12 de febrero de 1953 terminó la aventura de Corea para el primer batallón de soldados colombianos. De 1081 hombres enviados a combate, regresaron 70. De 1081 puestos públicos, no recibieron ninguno. Del dinero correspondiente a la guerra, no recibieron nada.
 

Pasaban las horas y no dejaba de pensar en que quizás estos dos soldados, Enrique Malambo y Jesús María Rivera, pudieron haberse cruzado en algún momento. O tal vez no. Tal vez no se cruzaron sino hasta el final de su aventura, cuando regresaron como héroes, pero sin saber de la existencia del otro. Para Jesús María, la guerra fue una aventura que tuvo que vivir. Enrique Malambo, lo veía como la oportunidad de demostrarle a la patria el amor que sentía. Ambos ascendieron de rango en Corea -Jesús regresó como Cabo Segundo y Enrique como Sargento Mayor- por su desempeño en la guerra. Los dos continuaron sus carreras militares en Colombia.

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El reloj marcaba las 5:24 de la tarde. La familia de Jesús María había llegado para celebrar un pequeño asado. Me ofrecieron un bocado de pollo con papa. Mientras disfrutaba de la comida logro percatarme de La Biblia, sobre un púlpito de madera casero. Aprovecho y le pregunto a Jesús
 

  • ¿Usted es muy creyente?

  • “Sí, cuando estuve en Corea tenía a toda mi familia rezando por mí (…) Fue gracias a las oraciones que yo me salvé, de otra manera no se podría explicar cómo sobreviví (…) Uno estaba en peligro de muerte todo el tiempo…”
     

Recordé por un momento mi visita a la vivienda de Enrique. En su sala, también se encontraba La Biblia. Era señal de un gran sentimiento de fe entre los militares. La seguridad de que existe una fuerza divina que los protege en el combate. “…algunos compañeros fueron llamados por Dios en el combate, pero yo aún sigo aquí” –Afirma Jesús María. Lo cierto, es que tarde o temprano todos seremos llamados.
 

Mientras disfrutábamos del asado, conversamos sobre las reuniones que hacen anualmente entre veteranos de la guerra. En Bogotá, la embajada de Corea del Sur organiza distintos eventos en donde les son entregados regalos, preparan una cena y conmemoran el aniversario del combate que dividió a Corea en dos. En algunas celebraciones, incluso, los visitan presidentes del país asiático. “A nosotros nos quieren mucho en Corea…” –Dice orgulloso Jesús María. Y como no quererlos, si salieron como vencedores.

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Me despedí de toda la familia Rivera y salí de su casa. Pensé en Enrique Malambo Arciniegas y decidí llamar a su hija, Sandra Patricia, para comentarle sobre mí encuentro con Jesús María. Sin embargo, las noticias no eran las mejores. Enrique había sufrido una recaída en su salud. Había entrado en un combate contra el cáncer. Tal vez, la más compleja de sus batallas. A pesar de luchar con todas sus fuerzas, cayó abatido por su enemigo silencioso una madrugada. El 27 de septiembre de 2019, en Ibagué, murió Enrique, a sus 89 años de edad.
 

Recordé lo que me decía Jesús María sobre el llamado de Dios. Enrique había sido llamado al templo de los cielos, 69 años después de la Guerra de Corea, a reunirse con todos aquellos caídos en combate que, alguna vez, soñaron con regresar convertidos en héroes.

Henry Alejandro Carvajal Lozada