"¡Hijueputa sigo aquí!"

Por: Anggie Julieth González Castrillón

La vida constantemente nos lleva a situaciones difíciles, tormentosas, desoladoras. Momentos que siempre estarán sellados en las mentes y los corazones de aquellos que lo vivieron, algo que se ha convertido en un recuerdo imborrable, en la historia de sus vidas.

 

Llueve fuerte en la ciudad, era como sentir que el cielo lloraba por el doloroso recuerdo de esta historia. Llegó mojada a la cita que habíamos acordado con él, mi tío Jorge. Me recibe con caluroso afecto, mi tía Liliana y mi prima Saray,  pero también reprochan mí comportamiento de llegar  bajo esas condiciones a la casa, sonrió amablemente, yo sabía que si ese día no iba, no podría ir otro, pero no comento nada. Me presta ropa para cambiarme. Mi tío Jorge no se encontraba en casa, al parecer había perdido parte de esa tarde, pues no podría volver a mi  casa a realizar mis otras labores si seguía lloviendo. Pasan aproximadamente 15 minutos desde mi llegada, cuando tocan la puerta,  era él, entra, se sienta y se ríe de verme totalmente mojada. Mi tía Liliana me sirve café, mientras todos charlamos del accidente que tuvo Cristian, mi primo. La sala queda en total silencio. Todos esperábamos  la historia, aquel silencio que inundaba la casa era como notar en ellos  un dolor familiar, de esas experiencias que jamás se quisieran volver a recordar o contar. Él me mira y me dice: -bueno “mija” comencemos-, se sienta en el comedor donde yo me encontraba, pongo la grabadora, él mira la mesa, coge un llavero, espera mi señal y empieza a hablar.

-Mi nombre es Jorge Luis Rubio Rodríguez, soy un sobreviviente de la tragedia de Armero, del 13 de Noviembre de 1985, en ese tiempo tenía 17 años, mi familia estaba  conformada por 5 hermanos,  6 incluyéndome a mí, mamá y  papá. El día estaba normal, como cualquier otro en el pueblo. Sobre las 9 de la noche empezó a lloviznar, lo cual motivo a la gente a que estuvieran en sus casas-. Sus palabras son cortantes, sus manos se encuentran en un constante juego con el llavero y no logro obtener su mirada.

 

 -Nosotros teníamos un negocio, una tienda. Casualmente ese día, fui el último en acostarme. Yo cerré la tienda, pase por el lado de mi papá, se había quedado dormido en una mecedora y le dije: -papá a dormir ya-. Calculó que había pasado más o menos una hora, yo ya me había quedado dormido, cuando nos volvieron a despertar, que saliéramos porque Armero se iba a acabar, porque había hecho erupción el Nevado del Ruiz. Nos despertamos todos, nos vestimos. Mi papá guardaba el carro dos cuadras más abajo de la casa.  Llegó y parqueo el carro en frente de la casa, al salir  la gritería de la gente, era desesperante. Ya no había servicio de luz, todo se encontraba a oscuras,  empezamos a subir al carro. Mi mamá como buena creyente estaba buscando la camándula y cerrando la casa, creo que ella no sabía en realidad lo que estaba pasando, hacia eso porque pensaba que iba a volver a su casa. Mi papá hizo como dos intentos de irse, pero nosotros los hijos lo hacíamos frenar y le decíamos que como íbamos a dejar a nuestra madre. Por fin salió mamá con su camándula, cerró todo y nos fuimos.  No alcanzamos a avanzar dos cuadras en línea recta de donde vivíamos,  pretendíamos  salir a una boca calle, cuando de repente paso un torrente de agua como un rio, mi papá hecho reversa para coger otro camino, cuando por detrás también estaba pasando  agua,  esto hizo que el carro se empezara a inundar, tanto así que no pudimos abrir las puertas, lo cual nos obligó a bajar los vidrios y salir por las ventanas. Todos nos pegamos de una ventana, era la casa del doctor Caldas. La gente gritaba del pánico, eso era terrible-. Cada una de sus palabras llevaban mi mente a imaginar aquellos terribles momentos, reconstruir aquella historia, sabiendo que nunca mi mente podría llegar a tal punto de la realidad- Había algunos incluyéndome a mí que no sabíamos que estaba pasando-. Comenta mientras rasca su cabeza y me mira, -a uno de muchacho no le interesaba eso, las noticias, ni nada, uno andaba en otro cuento-.

 

Retoma la historia con más fuerza, adicionándole movimientos a sus brazos, demostrando  fluidez y tranquilidad en sus palabras, en esos momentos sentí que solo estaba contando una historia más -entonces cogidos de la ventana,  el doctor Caldas  se asomó,  al  ver que éramos nosotros, nos abrió la puerta y todos los que estábamos ahí empezamos a entrar. Al estar todos en el interior de la casa nos dio claras instrucciones que al fondo había unas escaleras, que conducían al techo, todos empezamos a subir rápido, pues la casa ya se estaba empezando a inundar, como eran casas cerradas, el nivel del agua fue subiendo de manera rápida, ya que no tenía por donde salir. Yo me encontraba entre los últimos, pues se les dio prioridad a las personas de edad. No paso mucho tiempo cuando empecé a sentir que el agua ya la tenía al cuello, me desespere y decidí subir por esos bajantes que tienen las casa de los pueblos, eran metálicos, cuando llegue arriba no sé quién me dio la mano y subí-. Eleva su mirada y dice: -creo que duramos como 5 minutos allá arriba, cuando sentimos un golpe durísimo, que choco la casa y nos llevó de ahí. Al  sentir el tormentoso vaivén de las aguas, empezó de nuevo la gritería de la gente, unos gritaban, otros lloraban, rezaban-. Me mira con cara de sorprendido -en esos momentos uno piensa que lo que se está acabando es el mundo, yo no pensaba que era solo Armero, yo decía que ese era el final del mundo.

 

Todas sus expresiones faciales, sustentaban cada palabra, era una armoniosa unión entre oraciones y gestos. Fue tal la conexión que tuve con su historia de vida, que el resto de las personas que estaban en la casa desaparecieron para mí, sentía que solo éramos él y yo -en ese recorrido que hicimos,  fueron casi cuatro kilómetros. El rio que se había formado, me consumía y volvía y me sacaba, por eso es que no me gusta montar en los toboganes, porque me recuerda esos momentos-, con ello, sustentó sus comportamientos negativos cuando salíamos de paseo y lo invitábamos a subir en los toboganes, ante mí y el resto de la familia. Con gran convicción y certeza en todo su ser, afirma, - ahí es donde yo le digo a la gente y lo digo como testimonio de fe, hay un Dios que si existe, porque en medio del desespero que  llevaba  grite a Dios, grite al cielo, y dije que si había un Dios en la faz de la tierra que me salvara, que no quería morir. Habiendo dicho estas palabras empecé a calmarme, a sentirme tranquilo, sabía que me encontraba allí, pero ya no me sentía desesperado, esa angustia se me quito, claro está que no me iba riendo, pero ese temor fue menguando y llegue hasta donde la fuerza de la naturaleza me quiso llevar.

 

Cuando la avalancha fue perdiendo fuerza ya podía mirar para los lados, al mirar hacia tras vi una llamarada y no sabía qué era eso, mientras miraba, sentí algo que se movía debajo mío, así que me corrí  y empecé a escarbar, efectivamente había alguien allí, lo ayude a salir, y nos presentamos rápidamente, cuando el miró me dijo que era la lava ardiente que venía, yo dije “si debe ser”. Donde quedamos, había un árbol con espinas, como el barrizal lo había cubierto,  supuse que esas espinas no nos iban a hacer daño, así que agarre una rama y decidí caminar hacia ese árbol, así que daba pasos, y le pasaba el palo a mi compañero y lo jalaba hasta traerlo al pie mío y así fue todo el camino hasta llegar al palo, nos recostamos,  pensaba  esperar a que llegara esa lava y coger por ese palo arriba; el caso fue que la lava nunca llegó y después de mucho tiempo me vine a enterar que esa lava eran las estaciones de servicio de gasolina y los derivados del petróleo, cuando la avalancha paso por ahí, tumbo todo eso  y fue lo que genero las llamas. Ya era como la 1 de la mañana y empezó a hacer frio,  mi compañero y yo habíamos perdido la ropa, estábamos desnudos. Yo sabía que si seguíamos ahí moriríamos de frio, así que nos consumimos en el barrizal, haciéndole movimiento al cuerpo y quedamos hasta los hombros, entonces colocamos los brazos encima del palo para que no nos siguiera consumiendo. Hasta dormidos nos quedamos.

 

Quiere emprender la historia del día siguiente, en su voz se evidencia ese sentimiento que pudo haber sentido 28 años atrás –El amanecer fue algo desconsolador, un amanecer que jamás en la vida quiero volver a ver o sentir, era como si no quisiera amanecer. Estaba todo nublado y lloviznaba. Uno veía el panorama que tenía alrededor era algo desolador, pura destrucción. Como me había arrastrado tanto, había ganado, esas vaquitas como bramaban pidiendo auxilio.  Más tarde oímos la avioneta, esa fue la que informo aquí en Ibagué que Armero había desaparecido. Lo cierto fue que aclaro, comenzó a salir el sol, con el muchacho habíamos amanecido ahí, entonces nos subimos a un palo que estaba caído y comenzó a darnos el sol-, con una gran sonrisa y acabando por completo con ese silencio absoluto que consumía la casa, dice -era chistoso porque yo pensé que iba a quedar caratejo, yo decía “hay Dios mío voy a quedar caratejo  voy a quedar bonito”  porque tenía unas partes más espesas y otras menos, entonces ese barro se empezó a secar-.

 

 -Empezó la gritería de las personas que habíamos quedado vivas, eso fue muy triste yo creo una de las cosas más tormentosa ha sido esa. Había una persona lejos y les gritaba a las otras diciendo sus nombres, esos núcleos familiares se empezaron a unir. Viendo yo la reacción positiva que eso estaba conllevando empecé a gritar y a preguntar, pero nadie era de mi familia, gran tristeza para mí,  no había nadie. Al ver esto sentí que no tenía ningún objetivo seguir ahí, así que tome la iniciativa de querer salir, invite a mi compañero, pero él tenía un problema algún mayor sus partes genitales se habían hinchado y le era imposible orinar, así que no presto mucha atención a lo que le decía, pero lo que si me dijo fue –cuando salga de aquí mande por mí, para que me saquen de este lugar no me siento bien-. A decir verdad nunca le dije a nadie que fuera por él, había muchas personas que estaban alrededor y di por entendido que irían por todos ellos incluyéndolo a él.

 

Después de algunos años me encontré con un familiar, y pregunte por él, pero esté me dijo que él nunca había aparecido y así sucedió con muchas personas, en la tragedia los vimos pero nunca aparecieron-, Recuerdo la práctica que realice para Armero, donde vi más de mil nombres de personas fallecidas y saber ahora que muchas de ellas sobrevivieron al impacto de la avalancha, pero que nunca salieron de allí por inexplicables causa.

 

-yo tenía una pierna herida, pero eso no fue un  impedimento para yo salir de ese lugar. A lo lejos me grito un señor Cristancho, quien se encontraba con su hija,  preguntándome si yo quería salir, eran personas conocidas, yo le dije claro y le mencione que quería irme por la derecha subiendo, hasta llegar al prado que no había sido afectado por la avalancha. Acordamos llegar hasta cierto punto y de ahí, empezar a salir juntos. Llegamos al lugar acordado, el pastal, y seguimos caminando con la esperanza de encontrar algún familiar. En la trayectoria él se encontró con su esposa y yo hasta el día de hoy no he encontrado a ninguno de mis hermanos o mis padres-

 

La conversación se suspende, mientras mi tía Liliana dice –yo le he dicho a él que los tiene que dejar descansar-, su rostro cambia, se enrojece y de su ojo izquierdo brota una lagrima y con su voz entre cortada me mira y me dice –yo nunca supe que era tener una familia, ver a mis hermanos crecer, que ellos tuvieran hijos y me dijeran tío, ver envejecer a mis padres-. Me invade una profunda nostalgia, que se quiere evidenciar con las lágrimas –yo a veces me quedo en silencio, pensando en mi casa, pensando en ellos, y recuerdo todo como era, donde se encontraba cada cosa, logro sentirme allí de nuevo, pero cuando regreso me digo “¡hijueputa sigo aquí!”, ellos no están.

 

SOBRE EL AUTOR

 

Anggie Julieth González Castrillón

Estudiante de Comunicación Social y Periodismo

Universidad de Ibagué

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