El desierto, años después

Por: Luis Restrepo

[Sindbad el marino refirió: “Sabed, hermanos, que cuando regresé a Bagdad me reuní con mis amigos y conocidos y viví en la más completa tranquilidad, satisfacción y alegría. Pronto olvidé los sufrimientos pasados, y me dediqué únicamente a frecuentar el trato con los amigos y conocidos, a distraerme y a disfrutar de la mas dulce de las vidas” Cuarto viaje de Sindbad el Marino. Las Mil y Una Noches]

 

Muchos de los recuerdos de mi infancia, aún se encarnan en mi memoria. Para aquel entonces, año 2003, tenía quince marzos y era todo un evento publicitario la segunda invasión a Irak. Conocía las melancolías de la guerra únicamente por lo que veía en cine, pero sabía, de una u otra forma, que los guerreros en combate eran actores y no morirían de verdad. De Irak sólo recordaba las palabras de mi padre, cuando en 1991, durante la Guerra del Golfo, me hacía muecas nombrando los apellidos Hussein y Bush (padre).

Doce años después, durante aquella noche estrepitosa del 20 de marzo de 2003 me senté junto a mamá a esperar frente a la pantalla. La CNN se hizo tremendo festín con la cuenta regresiva del lanzamiento de las bombas que cayeron en sitios estratégicos de Bagdad, la milenaria capital de Irak. Esta era una guerra real, no de cine ni de actores, pero sí con guiones falsos. Los intérpretes son mentirosos porque imitan emociones, pero en esta ocasión, el dolor en el desierto de Babilonia fue real: se convirtió en dunas de pena y muerte. En aquella ocasión, no entendía muy bien las lógicas del mundo. Para ese tiempo era fácil presa de la publicidad engañosa que genera la guerra contra el terrorismo y del miedo, que ahora sé, impregnan en la sociedad de consumo. Entendía, que los árabes sólo eran unos viejos locos de abundante barba, llenos de armas y sedientos por bombardear la tranquilidad de la gente de bien.

Estuve tan equivocado. Pensaba que Irak era país de locos y que todo era como lo pintan en Hollywood. Pero la misma CNN, que tanta propaganda se encargó de hacer para invadir y destruir el desierto, me demostró que todo estaba mal. Que una mujer, junto a sus hijos, no eran más peligrosos que los guionistas de las grandes productoras en Estados Unidos. Que vivir en pequeños pueblos en la arena, no puede ser tan malo como el establecimiento lo proclama. Después de tantos años, no son mejores las cosas.

No hay una Irak libre, ni vestigios de armas biológicas como lo decían los argumentos inventados desde Washington. La desesperación que produjo y produce en la economía del Norte, la obtención de oro negro y la especulación de falsos informes sobre tenencia de armamento nuclear por parte del viejo Saddam Hussein, hicieron de Bagdad una ciudad inmortal. La madrugada del 20 de marzo de 2003, el ejército invasor norteamericano en la llamada Operación Libertad Iraquí atacó y destruyó lo que quedaba de la antigua Babilonia. Ahora, y 200 mil muertos después, la parca del desierto se ha trasladado a Siria; queda mucha sangre y poca arena en la salida hacia el Mediterráneo.

El desierto no es un juego. Es un mapa milenario lleno de viejas historias; de beduinos en camello, de mágicas esfinges, de milagros bíblicos, de invasiones persas. Un mapa que es manipulado para crear una tormenta sobre dunas de arena y robarle a Mahoma sus Mil y una Noches. El Tigris y el Éufrates continúan llorando hasta su desembocadura en el golfo Pérsico.

SOBRE EL AUTOR

Luis Hernando Restrepo Aristizábal

Comunicador Social Periodista de la Universidad del Quindío.

Periodista ambiental. Viverista empírico. Death & Roll para suavizar el oído. Construcción de memoria por medio de la escritura. 

Contacto:

Facebook: https://facebook.com/luisrestrepoa

Twitter: @luchorestrepoa

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